Cuando el ministro de Educación y Cultura, José Ignacio Wert, manifestó, en vísperas del Día de la Hispanidad, la necesidad de "españolizar" a los alumnos catalanes, les faltó tiempo a los nacionalistas y a la progresía española para rasgarse las vestiduras exigiendo una rectificación. Ahora que estos escolares no ignoran que la Guerra de Sucesión Española fue en realidad una guerra de secesión, que los txabales en las ikastolas sitúan ya perfectamente su país, Euskal-Herria, en el mapa de la Península Ibérica, que los fillos de Breogán hablan en un gallego inextricable para sus abuelos, y que Lucía Etxebarría nos instruye con que wert significa "precio" en alemán y reclama la "españolización" del apellido del ministro; ahora va éste… y nos sale con éstas.
Lo importante, lo primero: felicitémonos todos porque a la insigne escritora le haya dado por aprender algo de alemán. Tal vez así se anime a escribir en esa lengua y consiga con ello aumentar su últimamente exigua clientela; no tanto por abrir mercado en tierras germanas gracias a la calidad literaria de sus textos como por dar a conocer al estudiante los términos más escabrososos de dicho idioma. Por si acaso, y como ayuda, ahí van unas cuantos que a buen seguro le serán de utilidad para su futuro libro: schawnz, arsch, tits y fotze.
Y, a continuación, retomemos un tema menor como es el de la repercusión de las palabras del ministro. Este bloguero no puede más que reprochárselas, no porque haya revelado una situación que nadie ignora pero pocos quieren reconocer, sino porque se ha quedado corto en su apreciación. No es a los escolares catalanes, o por mejor decir, no sólo a los catalanes, ni a los vascos, ni a los gallegos, sino a los propios españoles a quienes habría que "españolizar". A nadie se le escapa que, a lo largo de estos años de democracia, la administración central ha ido cediendo paulatinamente competencias a favor de las autonomías con el fin de frenar las reivindicaciones secesionistas de algunas de ellas y, a la vez, desagraviar a los nacionalismos por los desmanes cometidos durante el régimen anterior. A cambio, se les ha exigido fidelidad y respeto a lo establecido por la Constitución. Lejos de cumplir con estos acuerdos, los gobiernos nacionalistas han hecho de su capa un sayo y, presentándose ante sus ciudadanos como víctimas de un Estado opresor, han logrado alcanzar metas impensables en otros tiempos. Por su parte, aquellas autonomías no "históricas", instituidas durante la Transición por una justificación política que algunos han definido como de "café para todos", han reclamado para sí el mismo trato de favor, lo que ha derivado en una descentralización tal que ríete tú de los Reinos de Taifas.
Entre las primeras concesiones que se confirieron a las administraciones autonómicas se encontraban las concernientes a educación y cultura. Al contrario de lo que muchas mentes privilegiadas de nuestra política creyeron en aquel momento, no fueron estos traspasos un tema sin importancia, de cara a la galería. Las fuerzas nacionalistas sabían que para conseguir su objetivo más preciado, la independencia, era necesario controlar el parecer que sobre España pudieran tener las generaciones futuras. ¿Y qué mejor forma que instruyéndolos desde la infancia? En tres décadas han formado una sociedad adoctrinada anuente con sus falsedades, tergiversaciones, medias palabras y victimismo. ¡A ver quién carajo encauza esto ahora!
Pero el aprieto es aún más grave, pues, a causa de ese "café para todos" del que antes hablaba, el resto de comunidades han marchado por su cuenta en estos asuntos, lo que ha provocado no sólo una deriva del sistema educativo, un "sálvese quien pueda", sino, también, una especie de solidario desentendimiento: unas autonomías se sienten menospreciadas por otras y, todas, por el Estado. Así que, sin excepciones, se han recluido en sus límites geográficos, históricos y artísticos, enriqueciendo su provincianismo y abandonando cualquier nexo de unión con las demás.
Ahora bien, mientras los independentistas han sido capaces de remontarse hasta el mismísimo nieto de Noé –miren, si no, el mito de Túbal– para acreditar sus diferencias, el resto de los españoles, sencillamente, hemos desechado de nuestro bagaje cultural cualquier vestigio de un pasado común, dando, de este modo, carta de naturaleza a las reclamaciones de aquéllos. Y sin un pasado común, ¿cómo no vamos a transigir ante naciones como la vasca, la catalana o la gallega, con un peso específico propio de cientos de años, como ellas mismas atestiguan, cuando quieran abandonarnos? El despropósito llega hasta tal punto que muchos jóvenes españoles atribuyen la idea de España a una imposición franquista con la que ningún demócrata puede sentirse conforme. Una nación formada a través de los siglos por los mutuos intereses y esfuerzos, por las alianzas, por los sacrificios y, por qué no decirlo, también por los enfrentamientos de castellanos, aragoneses, catalanes, extremeños, vascos, navarros, gallegos, andaluces, asturianos, cántabros, riojanos, valencianos, baleares, murcianos, canarios, ceutíes y melillenses, resulta para ellos impensable. El problema no es tanto que unos argumenten a favor de la emancipación, sino que los otros carezcan, por desconocimiento, de razonamientos para la réplica.
Con todo este enjuague, para no herir susceptibilidades, de nuestra Historia, hemos pasado del innecesario recitar de memoria la lista de los reyes godos a sonarnos a chino cualquiera de sus nombres; del "Viriato, pastor lusitano valiente y aguerrido..." que estudiaban los parvularios al inicio de la Transición a no saber qué coños es eso de "lusitano" y a desconocer de la vecina Portugal más personaje célebre que Mourinho o Cristiano Ronaldo. Y hemos pasado, también, del español como única lengua oficial a encontrarse relegada en algunas zonas a idioma extranjero; y de la joseantoniana definición de España como "una unidad de destino en lo universal" a un Estado plurinacional que, parafraseando a Alfonso Guerra, no lo va a reconocer ni la madre que lo parió.
Creo que fue el historiador griego Estrabón quien describió Iberia como una región inhóspita de pueblos belicosos cuyo mayor entretenimiento consistía en zurrarse entre ellos. Se ve que, con esta manía de los nacionalismos, ansiamos repetir nuestras más ancestrales tradiciones.
¡Ah!, y para aquellos que nunca llaman a España por su nombre, sino solamente el Estado, así, sin más, y van a tacharme de nacionalista español, les brindo un nuevo término para evitar que sus labios se ensucien con tan maldita palabra: nacioñalista (con ñ de... bueno, ya saben).
Lo importante, lo primero: felicitémonos todos porque a la insigne escritora le haya dado por aprender algo de alemán. Tal vez así se anime a escribir en esa lengua y consiga con ello aumentar su últimamente exigua clientela; no tanto por abrir mercado en tierras germanas gracias a la calidad literaria de sus textos como por dar a conocer al estudiante los términos más escabrososos de dicho idioma. Por si acaso, y como ayuda, ahí van unas cuantos que a buen seguro le serán de utilidad para su futuro libro: schawnz, arsch, tits y fotze.
Y, a continuación, retomemos un tema menor como es el de la repercusión de las palabras del ministro. Este bloguero no puede más que reprochárselas, no porque haya revelado una situación que nadie ignora pero pocos quieren reconocer, sino porque se ha quedado corto en su apreciación. No es a los escolares catalanes, o por mejor decir, no sólo a los catalanes, ni a los vascos, ni a los gallegos, sino a los propios españoles a quienes habría que "españolizar". A nadie se le escapa que, a lo largo de estos años de democracia, la administración central ha ido cediendo paulatinamente competencias a favor de las autonomías con el fin de frenar las reivindicaciones secesionistas de algunas de ellas y, a la vez, desagraviar a los nacionalismos por los desmanes cometidos durante el régimen anterior. A cambio, se les ha exigido fidelidad y respeto a lo establecido por la Constitución. Lejos de cumplir con estos acuerdos, los gobiernos nacionalistas han hecho de su capa un sayo y, presentándose ante sus ciudadanos como víctimas de un Estado opresor, han logrado alcanzar metas impensables en otros tiempos. Por su parte, aquellas autonomías no "históricas", instituidas durante la Transición por una justificación política que algunos han definido como de "café para todos", han reclamado para sí el mismo trato de favor, lo que ha derivado en una descentralización tal que ríete tú de los Reinos de Taifas.
Entre las primeras concesiones que se confirieron a las administraciones autonómicas se encontraban las concernientes a educación y cultura. Al contrario de lo que muchas mentes privilegiadas de nuestra política creyeron en aquel momento, no fueron estos traspasos un tema sin importancia, de cara a la galería. Las fuerzas nacionalistas sabían que para conseguir su objetivo más preciado, la independencia, era necesario controlar el parecer que sobre España pudieran tener las generaciones futuras. ¿Y qué mejor forma que instruyéndolos desde la infancia? En tres décadas han formado una sociedad adoctrinada anuente con sus falsedades, tergiversaciones, medias palabras y victimismo. ¡A ver quién carajo encauza esto ahora!
Pero el aprieto es aún más grave, pues, a causa de ese "café para todos" del que antes hablaba, el resto de comunidades han marchado por su cuenta en estos asuntos, lo que ha provocado no sólo una deriva del sistema educativo, un "sálvese quien pueda", sino, también, una especie de solidario desentendimiento: unas autonomías se sienten menospreciadas por otras y, todas, por el Estado. Así que, sin excepciones, se han recluido en sus límites geográficos, históricos y artísticos, enriqueciendo su provincianismo y abandonando cualquier nexo de unión con las demás.
Ahora bien, mientras los independentistas han sido capaces de remontarse hasta el mismísimo nieto de Noé –miren, si no, el mito de Túbal– para acreditar sus diferencias, el resto de los españoles, sencillamente, hemos desechado de nuestro bagaje cultural cualquier vestigio de un pasado común, dando, de este modo, carta de naturaleza a las reclamaciones de aquéllos. Y sin un pasado común, ¿cómo no vamos a transigir ante naciones como la vasca, la catalana o la gallega, con un peso específico propio de cientos de años, como ellas mismas atestiguan, cuando quieran abandonarnos? El despropósito llega hasta tal punto que muchos jóvenes españoles atribuyen la idea de España a una imposición franquista con la que ningún demócrata puede sentirse conforme. Una nación formada a través de los siglos por los mutuos intereses y esfuerzos, por las alianzas, por los sacrificios y, por qué no decirlo, también por los enfrentamientos de castellanos, aragoneses, catalanes, extremeños, vascos, navarros, gallegos, andaluces, asturianos, cántabros, riojanos, valencianos, baleares, murcianos, canarios, ceutíes y melillenses, resulta para ellos impensable. El problema no es tanto que unos argumenten a favor de la emancipación, sino que los otros carezcan, por desconocimiento, de razonamientos para la réplica.
Con todo este enjuague, para no herir susceptibilidades, de nuestra Historia, hemos pasado del innecesario recitar de memoria la lista de los reyes godos a sonarnos a chino cualquiera de sus nombres; del "Viriato, pastor lusitano valiente y aguerrido..." que estudiaban los parvularios al inicio de la Transición a no saber qué coños es eso de "lusitano" y a desconocer de la vecina Portugal más personaje célebre que Mourinho o Cristiano Ronaldo. Y hemos pasado, también, del español como única lengua oficial a encontrarse relegada en algunas zonas a idioma extranjero; y de la joseantoniana definición de España como "una unidad de destino en lo universal" a un Estado plurinacional que, parafraseando a Alfonso Guerra, no lo va a reconocer ni la madre que lo parió.
Creo que fue el historiador griego Estrabón quien describió Iberia como una región inhóspita de pueblos belicosos cuyo mayor entretenimiento consistía en zurrarse entre ellos. Se ve que, con esta manía de los nacionalismos, ansiamos repetir nuestras más ancestrales tradiciones.
¡Ah!, y para aquellos que nunca llaman a España por su nombre, sino solamente el Estado, así, sin más, y van a tacharme de nacionalista español, les brindo un nuevo término para evitar que sus labios se ensucien con tan maldita palabra: nacioñalista (con ñ de... bueno, ya saben).
Y lo literario donde está? Cuando se transformó este blog en análisis sociológico-político? O es que con nombrar a la Echevarría ya vale para cumplir?
ResponderEliminar¿Y no te parece literatura el arte con que está escrito?
EliminarNo puedo estar mas de acuerdo. Gran entrada.
ResponderEliminarNo creo, es mas se que el Castellano, lengua de los castellanos y oficial de todos los españoles no es tratado como lengua extranjera en ninguna rincón de España. Como si que pasa con otras lenguas españolas, Como el catalán lengua de los catalanes, "por defecto de todos los Españoles" que aun siendo una lengua española no es oficial en España, y no esta protegida por ni una sola ley española. Lo cual no termina de tener sentido. Digo catalán como podría haber dicho otra del las cuatro que se conservan. No te tomes mal este comentario, medio critico. a parte de este articulo el resto del blog glorioso!!
ResponderEliminarhttp://www.barbacoaliteraria.blogspot.com.es/2012/11/en-respuesta-un-comentario-sobre.html
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