Tendrán ustedes que perdonarme, pero esto del homenaje a Mandela no acaba de convencerle a uno. No crean por eso que en adelante van a descubrir a un afrikáner irredento, a un zulú resentido o, simplemente, a un racista de libro. Nada de eso. Es tan sólo que quien les escribe se conmueve más, siente una mayor emoción, cuando, durante la realización de una ceremonia luctuosa, por muy multitudinaria que sea, se siguen unos cauces adecuados, se procede de una forma contenida y, ¿por qué no decirlo?, "tradicional", que cuando se monta un jolgorio más propio de un cotillón que de unas exequias. Se objetará con que en Sudáfrica lo tradicional es precisamente celebrar con danzas tribales y cánticos este tipo de actos. Vale, de acuerdo, pero… ¡oigan!, que las canciones y las coreografías sonaban de lo más animadas; que el público asistente sonreía a cámara y saludaba cuando se le enfocaba; que se contrató a un payaso para la traducción al lenguaje de signos de los discursos de las autoridades; que alguno de sus miembros, contagiado por el ambiente y sin importarle demasiado la cercanía de su esposa, se puso a "tontear" con la rubia que se sentaba al lado, mientras ésta no paraba de hacerse fotos con su ilustre admirador para dejar constancia del logro en twitter… Vamos, que el evento de marras en el estadio de Soccer City recordaba, más bien, los prolegómenos de uno de los partidos del Mundial que ganamos, con sus vuvuzelas y demás. Ahí había de todo menos recogimiento. Sólo la susodicha esposa del dirigente ligón mantuvo el gesto sombrío en todo momento. Pobre, ¡cuánto debía de apreciar a Madiba! Llámenme anticuado, o out, o anti-trend, o vintage, o como narices se diga hoy en día, pero convendrán conmigo en que para un occidental resulta, cuando menos, chocante ver cómo los asistentes a un funeral bailan alegremente y se entretienen de forma tan variopinta.
Pero, no nos engañemos, lo de Soccer City no fue sino la apoteosis da algo que ya venía de días atrás. Nada más enterarme de la noticia de la muerte de Mandela corrí a poner el televisor en busca de más información y cuál fue mi sorpresa cuando aparecieron ante mí cientos de sus compatriotas oscilando las caderas y moviendo al unísono pies y manos en una improvisada y divertidísima coreografía a la puerta de la casa del difunto. "¡Vaya! –exclamé–, y yo que creía que apenas le quedaban enemigos, más allá de algunos bóers". Mi mujer me sacó del error: "No, si éstos son sus partidarios". "¡Vaya! –volví a exclamar–, ¿qué estarán haciendo entonces sus adversarios?". ¡Qué quieren que les diga! Me parecerá muy acertado, cuando toque, que los amigos celebren mi marcha de este mundo tomándose una copa por mi falta de salud mientras recuerdan joviales anécdotas del pasado. Pero hago constar desde aquí mi más profundo malestar como se les ocurra comenzar un fiestón estando yo, como si dijésemos, aún de cuerpo presente.
Por lo expuesto no crean entonces que uno es más partidario de las honras fúnebres al estilo árabe, con sus plañideras y sus golpes en el pecho. Existe un término medio. Ni tanto, ni tan calvo. ¿No puede ser un momento de sencillo recogimiento, de respetuoso silencio, sin más? ¡Ah, y sin aplausos, por favor! Que parece como si a uno lo quisieran sacar de este mundo por la puerta grande... Y tampoco es eso.
Pero, no nos engañemos, lo de Soccer City no fue sino la apoteosis da algo que ya venía de días atrás. Nada más enterarme de la noticia de la muerte de Mandela corrí a poner el televisor en busca de más información y cuál fue mi sorpresa cuando aparecieron ante mí cientos de sus compatriotas oscilando las caderas y moviendo al unísono pies y manos en una improvisada y divertidísima coreografía a la puerta de la casa del difunto. "¡Vaya! –exclamé–, y yo que creía que apenas le quedaban enemigos, más allá de algunos bóers". Mi mujer me sacó del error: "No, si éstos son sus partidarios". "¡Vaya! –volví a exclamar–, ¿qué estarán haciendo entonces sus adversarios?". ¡Qué quieren que les diga! Me parecerá muy acertado, cuando toque, que los amigos celebren mi marcha de este mundo tomándose una copa por mi falta de salud mientras recuerdan joviales anécdotas del pasado. Pero hago constar desde aquí mi más profundo malestar como se les ocurra comenzar un fiestón estando yo, como si dijésemos, aún de cuerpo presente.
Por lo expuesto no crean entonces que uno es más partidario de las honras fúnebres al estilo árabe, con sus plañideras y sus golpes en el pecho. Existe un término medio. Ni tanto, ni tan calvo. ¿No puede ser un momento de sencillo recogimiento, de respetuoso silencio, sin más? ¡Ah, y sin aplausos, por favor! Que parece como si a uno lo quisieran sacar de este mundo por la puerta grande... Y tampoco es eso.
