miércoles, 12 de marzo de 2014

Sherwood Anderson: El observador de lo oculto

No hace mucho leía una entrevista que le habían realizado, allá por los años 50, a William Faulkner en donde le preguntaban por sus comienzos como escritor y por los autores americanos que le habían influido. En ambas respuestas el creador de obras tan sobresalientes como El ruido y la furia o Las palmeras salvajes mencionaba un nombre para mí desconocido: Sherwood Anderson. Para mi sorpresa, Faulkner consideraba a este autor no sólo como el padre de la llamada "Generación perdida", sino también lamentaba que no estuviera, ya entonces, lo suficientemente valorado. Además, reconocía en Anderson a la persona que, entre efluvios alcohólicos, le había empujado a convertirse en escritor. Recordaba cómo, durante su estancia en Nueva Orleáns, había trabado amistad con él. Se reunían cada tarde para pasear y charlar, y volvían a quedar por la noche para retomar la conversación y, de paso, trasegarse un par de botellas de whisky entre los dos. Luego, Sherwood Anderson desaparecía hasta el mediodía del día siguiente. Cualquier mente deductiva llegaría a la conclusión de que el bueno de Anderson se pasaba las mañanas durmiendo la mona. Pues no. Por lo que parece, se encerraba a escribir. Faulkner, atraído por aquella dipsomaníaca forma de vida, se decidió a imitarla. Nada más terminar su primer libro, La paga de los soldados, se lo llevó a su mentor y éste prometió que le ayudaría a publicárselo a cambio sólo de no tener que leer el original. Y así fue cómo, según él mismo contaba en dicha entrevista, se hizo escritor. Con el tiempo, la amistad entre ambos se fue enfriando hasta acabar en un mutuo, aunque respetuoso, distanciamiento. Pese a esto, Faulkner seguiría considerándole su maestro, como lo demostraba en aquella interviú.


Mi interés por saber algo más acerca de Sherwood Anderson aumentó al descubrir cómo éste había igualmente contribuido al despuntar público de otro grande: Ernest Hemingway. Pero, a diferencia de Faulkner, el futuro autor de Paris era una fiesta no sintió ninguna obligación de corresponder. Cuando Anderson le instó a visitar la capital de Francia y le entregó una carta de presentación para Gertrude Stein igual vislumbraba que aquel joven iba a convertirse, con los años, en uno de los más célebres autores del siglo XX, pero seguro que jamás sospechó que también se transformaría en su crítico más mordaz. Ya en una de sus primeras novelas, Los torrentes de primavera, Hemingway llevará a cabo una demoledora parodia de los escritos de sus, hasta ese momento, valedores, Anderson y Stein. Tanto a una como al otro les reprochará la falta de precisión en la técnica y el casi nulo cuidado a la hora de corregir los textos. El redactor de estas líneas no ha leído la mencionada novela y carece, además, de los conocimientos suficientes como para rebatir tales afirmaciones. Sirva, pues, esta simple anécdota como ejemplo revelador del carácter de uno de los genios de la literatura universal. Carácter que, dicho sea de paso, no dista en absoluto del común de los mortales que, empecinados en triunfar a toda costa, no duda en pisar a quien antes había elevado. Y es que Hemingway, hasta la publicación de Los torrentes, no había vacilado en calificar de maestro al señor Sherwood Anderson.

Con todo, resultaba evidente la contribución de Anderson en el devenir literario de estos dos autores. Algo que, ya de por sí, invitaba a conocerlo más en profundidad. Así, trasteando por la red descubrí la existencia de una edición crítica en castellano de su libro más famoso: Winesburg, Ohio. Por desgracia aquella única edición de 1990 se encontraba descatalogada. Después de infructuosas búsquedas por tiendas online y librerías de viejo, y cuando estaba a punto de darme por vencido, un alma caritativa que sabía de mi empeño me localizó un ejemplar en la página web de una librería de Zaragoza y me lo hizo llegar, junto con todo tipo de burlas y chanzas por mi nula eficacia en estos menesteres.

No me equivocaba con aquella edición de Cátedra de Winesburg, Ohio, a cargo de María Eugenia Díaz. A las concisas notas aclaratorias a pie de página, se unía una amena, erudita y muy recomendable introducción que aportaba no sólo datos biográficos del autor y sus logros literarios sino, también, analizaba posibles influencias (Twain, Hardy, Lawrence, Joyce, Freud…) y las relaciones con otros escritores de su tiempo.

Según iba leyendo sobre su figura, me encontré con que nuestro protagonista compartía más puntos en común con los integrantes de aquella famosa "Generación perdida" que los de la lógica recomendación de visitar La Ciudad de la Luz (centro neurálgico de las vanguardias de principios del XX) o el del insensato empecinamiento en matarse a beber (empecinamiento que, por cierto, logró llevar a cabo con una prodigiosa efectividad: murió de peritonitis al tragarse el palillo de su dry martini). Esos puntos en común convertían a Anderson en el nexo de unión entre el Naturalismo de Jack London o Theodore Dreiser y el Modernismo norteamericano. Participó, junto con los escritores de su época, como el mismo Dreiser o Sinclair Lewis, en la crítica a la industrialización deshumanizada y en el rechazo al afán materialista de una sociedad falta de valores reales, empeñada en observar unas convenciones burguesas injustas y obsoletas. Pero introdujo un matiz, aparte del uso de nuevas técnicas narrativas y el conocimiento personal de los temas a tratar, que lo acercaron más a sus sucesores que a sus contemporáneos. Mientras los escritores naturalistas de su generación se centraban en el análisis sociológico, tratando de conmover al lector desde una estricta objetividad, Anderson, como se indica en el prólogo, dirigió "su mirada a lo profundo del comportamiento humano". Es decir, acompañó sus relatos con la acción del inconsciente en la conducta de sus personajes. Un inconsciente  que nos lleva, en ocasiones, a no comportarnos de la forma acostumbrada. Algo a lo que el autor llamó "lo grotesco", y que el estudio introductorio comparará acertadamente con el término "parálisis" de Joyce. Pero Anderson no se refería con ello solamente a lo ridículo o extraño de determinadas actitudes en situaciones excepcionales ante las que no se sabe cómo responder. Hay que indagar, también, en el sentido etimológico de la palabra "grotesco", que proviene de la palabra italiana "grutta". "Grutta", a su vez, deriva de la palabra latina "crypta", que significa "ocultar". Por lo tanto "grotesco", en la acepción de Anderson, sería probablemente "lo que está oculto" o, mejor dicho, "lo que se quiere ocultar". Son en esas situaciones anómalas o, sencillamente, inevitables donde se revelan y emergen, sin poder evitarse (la célebre "epifanía", en Joyce; o los "momentos", en Anderson).

En la biografía del propio escritor encontramos un hecho que se podría catalogar de "grotesco" y que, planeado o no, encaminó sus pasos hacia la literatura definitivamente. Un día de 1912, Anderson se encuentra casado, con tres hijos, y dirigiendo un negocio que desprecia y que apenas le deja tiempo para disfrutar de su verdadera vocación. Los socios le están exigiendo que se involucre aún más en la gerencia y Anderson, agotado, comienza a dictar una carta a su secretaria. De repente, se arranca a decir incoherencias y huye de la oficina. Aparece cuatro días después en otra ciudad y sin recordar nada de lo ocurrido. Es hospitalizado y, al reponerse, abandona el negocio (con el beneplácito de los socios y su correspondiente indemnización, supongo). Este suceso es de trascendental importancia si se quiere entender "Winesburg, Ohio" en toda su amplitud, porque es esta lucha interior por cambiar un entorno alienante o amoldarse a él, el eje central del libro.

Con motivo de la publicación por parte de Acantilado de una nueva edición, me topé, en alguna parte de esta enmarañada red que es internet, con la crítica de una lectora que se quejaba porque el libro apenas tenía argumento y los personajes resultaban "poco interesantes". No me incluyo entre los que se encuentran a favor de leer el prólogo antes que el libro en cuestión, pues es cierto que condiciona la lectura y, en muchos casos, destripa la trama. Pero no está de más el leerlo después, sobre todo si se va a dejar constancia en la web con una valoración, por breve que ésta sea. Por desgracia, la edición de Acantilado viene sin introducción. Tal vez por eso el análisis de la lectora haya sido tan limitado. Pero que no se preocupe. En próximos días pienso complementar este artículo con otro donde no me centre tanto en el autor y muestre con más detalle mi parecer sobre "Winesburg, Ohio". Vayan avisándola, por favor.