miércoles, 12 de marzo de 2014

Sherwood Anderson: El observador de lo oculto

No hace mucho leía una entrevista que le habían realizado, allá por los años 50, a William Faulkner en donde le preguntaban por sus comienzos como escritor y por los autores americanos que le habían influido. En ambas respuestas el creador de obras tan sobresalientes como El ruido y la furia o Las palmeras salvajes mencionaba un nombre para mí desconocido: Sherwood Anderson. Para mi sorpresa, Faulkner consideraba a este autor no sólo como el padre de la llamada "Generación perdida", sino también lamentaba que no estuviera, ya entonces, lo suficientemente valorado. Además, reconocía en Anderson a la persona que, entre efluvios alcohólicos, le había empujado a convertirse en escritor. Recordaba cómo, durante su estancia en Nueva Orleáns, había trabado amistad con él. Se reunían cada tarde para pasear y charlar, y volvían a quedar por la noche para retomar la conversación y, de paso, trasegarse un par de botellas de whisky entre los dos. Luego, Sherwood Anderson desaparecía hasta el mediodía del día siguiente. Cualquier mente deductiva llegaría a la conclusión de que el bueno de Anderson se pasaba las mañanas durmiendo la mona. Pues no. Por lo que parece, se encerraba a escribir. Faulkner, atraído por aquella dipsomaníaca forma de vida, se decidió a imitarla. Nada más terminar su primer libro, La paga de los soldados, se lo llevó a su mentor y éste prometió que le ayudaría a publicárselo a cambio sólo de no tener que leer el original. Y así fue cómo, según él mismo contaba en dicha entrevista, se hizo escritor. Con el tiempo, la amistad entre ambos se fue enfriando hasta acabar en un mutuo, aunque respetuoso, distanciamiento. Pese a esto, Faulkner seguiría considerándole su maestro, como lo demostraba en aquella interviú.


Mi interés por saber algo más acerca de Sherwood Anderson aumentó al descubrir cómo éste había igualmente contribuido al despuntar público de otro grande: Ernest Hemingway. Pero, a diferencia de Faulkner, el futuro autor de Paris era una fiesta no sintió ninguna obligación de corresponder. Cuando Anderson le instó a visitar la capital de Francia y le entregó una carta de presentación para Gertrude Stein igual vislumbraba que aquel joven iba a convertirse, con los años, en uno de los más célebres autores del siglo XX, pero seguro que jamás sospechó que también se transformaría en su crítico más mordaz. Ya en una de sus primeras novelas, Los torrentes de primavera, Hemingway llevará a cabo una demoledora parodia de los escritos de sus, hasta ese momento, valedores, Anderson y Stein. Tanto a una como al otro les reprochará la falta de precisión en la técnica y el casi nulo cuidado a la hora de corregir los textos. El redactor de estas líneas no ha leído la mencionada novela y carece, además, de los conocimientos suficientes como para rebatir tales afirmaciones. Sirva, pues, esta simple anécdota como ejemplo revelador del carácter de uno de los genios de la literatura universal. Carácter que, dicho sea de paso, no dista en absoluto del común de los mortales que, empecinados en triunfar a toda costa, no duda en pisar a quien antes había elevado. Y es que Hemingway, hasta la publicación de Los torrentes, no había vacilado en calificar de maestro al señor Sherwood Anderson.

Con todo, resultaba evidente la contribución de Anderson en el devenir literario de estos dos autores. Algo que, ya de por sí, invitaba a conocerlo más en profundidad. Así, trasteando por la red descubrí la existencia de una edición crítica en castellano de su libro más famoso: Winesburg, Ohio. Por desgracia aquella única edición de 1990 se encontraba descatalogada. Después de infructuosas búsquedas por tiendas online y librerías de viejo, y cuando estaba a punto de darme por vencido, un alma caritativa que sabía de mi empeño me localizó un ejemplar en la página web de una librería de Zaragoza y me lo hizo llegar, junto con todo tipo de burlas y chanzas por mi nula eficacia en estos menesteres.

No me equivocaba con aquella edición de Cátedra de Winesburg, Ohio, a cargo de María Eugenia Díaz. A las concisas notas aclaratorias a pie de página, se unía una amena, erudita y muy recomendable introducción que aportaba no sólo datos biográficos del autor y sus logros literarios sino, también, analizaba posibles influencias (Twain, Hardy, Lawrence, Joyce, Freud…) y las relaciones con otros escritores de su tiempo.

Según iba leyendo sobre su figura, me encontré con que nuestro protagonista compartía más puntos en común con los integrantes de aquella famosa "Generación perdida" que los de la lógica recomendación de visitar La Ciudad de la Luz (centro neurálgico de las vanguardias de principios del XX) o el del insensato empecinamiento en matarse a beber (empecinamiento que, por cierto, logró llevar a cabo con una prodigiosa efectividad: murió de peritonitis al tragarse el palillo de su dry martini). Esos puntos en común convertían a Anderson en el nexo de unión entre el Naturalismo de Jack London o Theodore Dreiser y el Modernismo norteamericano. Participó, junto con los escritores de su época, como el mismo Dreiser o Sinclair Lewis, en la crítica a la industrialización deshumanizada y en el rechazo al afán materialista de una sociedad falta de valores reales, empeñada en observar unas convenciones burguesas injustas y obsoletas. Pero introdujo un matiz, aparte del uso de nuevas técnicas narrativas y el conocimiento personal de los temas a tratar, que lo acercaron más a sus sucesores que a sus contemporáneos. Mientras los escritores naturalistas de su generación se centraban en el análisis sociológico, tratando de conmover al lector desde una estricta objetividad, Anderson, como se indica en el prólogo, dirigió "su mirada a lo profundo del comportamiento humano". Es decir, acompañó sus relatos con la acción del inconsciente en la conducta de sus personajes. Un inconsciente  que nos lleva, en ocasiones, a no comportarnos de la forma acostumbrada. Algo a lo que el autor llamó "lo grotesco", y que el estudio introductorio comparará acertadamente con el término "parálisis" de Joyce. Pero Anderson no se refería con ello solamente a lo ridículo o extraño de determinadas actitudes en situaciones excepcionales ante las que no se sabe cómo responder. Hay que indagar, también, en el sentido etimológico de la palabra "grotesco", que proviene de la palabra italiana "grutta". "Grutta", a su vez, deriva de la palabra latina "crypta", que significa "ocultar". Por lo tanto "grotesco", en la acepción de Anderson, sería probablemente "lo que está oculto" o, mejor dicho, "lo que se quiere ocultar". Son en esas situaciones anómalas o, sencillamente, inevitables donde se revelan y emergen, sin poder evitarse (la célebre "epifanía", en Joyce; o los "momentos", en Anderson).

En la biografía del propio escritor encontramos un hecho que se podría catalogar de "grotesco" y que, planeado o no, encaminó sus pasos hacia la literatura definitivamente. Un día de 1912, Anderson se encuentra casado, con tres hijos, y dirigiendo un negocio que desprecia y que apenas le deja tiempo para disfrutar de su verdadera vocación. Los socios le están exigiendo que se involucre aún más en la gerencia y Anderson, agotado, comienza a dictar una carta a su secretaria. De repente, se arranca a decir incoherencias y huye de la oficina. Aparece cuatro días después en otra ciudad y sin recordar nada de lo ocurrido. Es hospitalizado y, al reponerse, abandona el negocio (con el beneplácito de los socios y su correspondiente indemnización, supongo). Este suceso es de trascendental importancia si se quiere entender "Winesburg, Ohio" en toda su amplitud, porque es esta lucha interior por cambiar un entorno alienante o amoldarse a él, el eje central del libro.

Con motivo de la publicación por parte de Acantilado de una nueva edición, me topé, en alguna parte de esta enmarañada red que es internet, con la crítica de una lectora que se quejaba porque el libro apenas tenía argumento y los personajes resultaban "poco interesantes". No me incluyo entre los que se encuentran a favor de leer el prólogo antes que el libro en cuestión, pues es cierto que condiciona la lectura y, en muchos casos, destripa la trama. Pero no está de más el leerlo después, sobre todo si se va a dejar constancia en la web con una valoración, por breve que ésta sea. Por desgracia, la edición de Acantilado viene sin introducción. Tal vez por eso el análisis de la lectora haya sido tan limitado. Pero que no se preocupe. En próximos días pienso complementar este artículo con otro donde no me centre tanto en el autor y muestre con más detalle mi parecer sobre "Winesburg, Ohio". Vayan avisándola, por favor.

viernes, 13 de diciembre de 2013

El homenaje a Madiba, el amiguete de todos

Tendrán ustedes que perdonarme, pero esto del homenaje a Mandela no acaba de convencerle a uno. No crean por eso que en adelante van a descubrir a un afrikáner irredento, a un zulú resentido o, simplemente, a un racista de libro. Nada de eso. Es tan sólo que quien les escribe se conmueve más, siente una mayor emoción, cuando, durante la realización de una ceremonia luctuosa, por muy multitudinaria que sea, se siguen unos cauces adecuados, se procede de una forma contenida y, ¿por qué no decirlo?, "tradicional", que cuando se monta un jolgorio más propio de un cotillón que de unas exequias. Se objetará con que en Sudáfrica lo tradicional es precisamente celebrar con danzas tribales y cánticos este tipo de actos. Vale, de acuerdo, pero… ¡oigan!, que las canciones y las coreografías sonaban de lo más animadas; que el público asistente sonreía a cámara y saludaba cuando se le enfocaba; que se contrató a un payaso para la traducción al lenguaje de signos de los discursos de las autoridades; que alguno de sus miembros, contagiado por el ambiente y sin importarle demasiado la cercanía de su esposa, se puso a "tontear" con la rubia que se sentaba al lado, mientras ésta no paraba de hacerse fotos con su ilustre admirador para dejar constancia del logro en twitter… Vamos, que el evento de marras en el estadio de Soccer City recordaba, más bien, los prolegómenos de uno de los partidos del Mundial que ganamos, con sus vuvuzelas y demás. Ahí había de todo menos recogimiento. Sólo la susodicha esposa del dirigente ligón mantuvo el gesto sombrío en todo momento. Pobre, ¡cuánto debía de apreciar a Madiba! Llámenme anticuado, o out, o anti-trend, o vintage, o como narices se diga hoy en día, pero convendrán conmigo en que para un occidental resulta, cuando menos, chocante ver cómo los asistentes a un funeral bailan alegremente y se entretienen de forma tan variopinta.


Pero, no nos engañemos, lo de Soccer City no fue sino la apoteosis da algo que ya venía de días atrás. Nada más enterarme de la noticia de la muerte de Mandela corrí a poner el televisor en busca de más información y cuál fue mi sorpresa cuando aparecieron ante mí cientos de sus compatriotas oscilando las caderas y moviendo al unísono pies y manos en una improvisada y divertidísima coreografía a la puerta de la casa del difunto. "¡Vaya! –exclamé–, y yo que creía que apenas le quedaban enemigos, más allá de algunos bóers". Mi mujer me sacó del error: "No, si éstos son sus partidarios". "¡Vaya! –volví a exclamar–, ¿qué estarán haciendo entonces sus adversarios?". ¡Qué quieren que les diga! Me parecerá muy acertado, cuando toque, que los amigos celebren mi marcha de este mundo tomándose una copa por mi falta de salud mientras recuerdan joviales anécdotas del pasado. Pero hago constar desde aquí mi más profundo malestar como se les ocurra comenzar un fiestón estando yo, como si dijésemos, aún de cuerpo presente.

Por lo expuesto no crean entonces que uno es más partidario de las honras fúnebres al estilo árabe, con sus plañideras y sus golpes en el pecho. Existe un término medio. Ni tanto, ni tan calvo. ¿No puede ser un momento de sencillo recogimiento, de respetuoso silencio, sin más? ¡Ah, y sin aplausos, por favor! Que parece como si a uno lo quisieran sacar de este mundo por la puerta grande... Y tampoco es eso.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Sobre el pasado que nos espera: la bohemia

Decía Camba, el inolvidable Julio Camba, que la bohemia...
–¿Quién?
Julio Camba... 
– (…)
Sí, hombre, sí... El célebre periodista y escritor gallego del siglo pasado, humorista...
–¡Puf, ni idea!
Está bien, no hay problema.

Decía Camba, el injustamente olvidado Julio Camba, que la bohemia era "un lujo de las sociedades ricas". Para el otrora famoso inquilino del hotel Palace, un artista se hacía bohemio "con el fin de llevar, en lo posible, una vida burguesa". Así, por ejemplo, todos aquellos que profesaban esta clase de existencia ayunaban no por falta de medios para su sustento, sino al contrario, porque de seguir unas pautas normales de alimentación "perderían el público del que disponen y se morirían de hambre". ¡Cuánta verdad encierra esta afirmación! Al ciudadano, en general, no le gusta que determinadas tipologías sociales se salgan de contexto. Le chirrían las neuronas del mismo modo que ante una mujer barbuda, un mendigo con móvil o un jefe comprensivo. En otros tiempos, el bohemio había de comportarse como tal. Daba igual que hubiera heredado una pequeña fortuna, a lo Hoyos y Vinent, o, como en el caso de Emilio Carrère, llevase una doble vida de funcionario acomodado por el día y bohemio prototípico con su capa, chambergo y chalina al caer la noche. A la hora de la representación ejecutaban su papel de forma convincente y con todas las consecuencias: trasnochando, bebiendo y putañeando. Bien es cierto que, en estos casos, obviaban una de las habilidades características de esta manera de vivir, la del sablazo; pero lo solventaban con el dispendio de su patrimonio en una desbocada carrera por perder peso en los bolsillos a cambio de ganarlo en el corazón de sus compañeros de letras, aunque fuera momentáneamente y durara lo que dura una borrachera.

Pero, en España, junto a estos escasos bohemios de vocación figuraba una inmensa mayoría de bohemios por necesidad. Y es por ello precisamente por lo que, según Camba, aquí nunca pudo darse el auténtico bohemio, el de verdad, porque éste "si se viste con andrajos, si come mal y si duerme poco, lo hace más por temperamento que por necesidad, y para cambiar de vida le bastaría sencillamente con sentar un poco la cabeza". Sin embargo, nuestros artistas no tenían tal alternativa, pues resulta imposible "ayunar voluntariamente en una tierra de ayunos obligatorios". Y añadía: "En París, el bohemio es un héroe. Aquí es un  pobre". Rafael Cansinos Assens, Eduardo Zamacois, Eliodoro Puche, Vidal y Planas, Dorio de Gádex, Armando Buscarini…, pocos de ellos lograron sacudirse la miseria. Pero incluso ahí hubo categorías. Se podía sobrellevar con la entereza de un Alejandro Sawa, sin vender su pluma, despreciando el dinero que a cambio pudieran ofrecerle o, por contra, paseando en una caja de cartón por los cafés y tabernas al hijo nacido muerto, para despertar la compasión y generosidad de los parroquianos, como afirman que hacía Pedro Luis de Gálvez. Ambos tenían talento, a ambos la suerte les fue adversa y ambos acabaron mal: el uno, loco y ciego; el otro, implicado en el asesinato de Muñoz Seca y fusilado. Pero mientras Sawa se convirtió, tras su muerte, en el bohemio por excelencia, en el Max Estrella inmortalizado por Valle-Inclán en su Luces de bohemia, Gálvez, por contra, sólo consiguió pasar a la posteridad envuelto en la más tenebrosa de las sombras y como protagonista de la primera de las novelas de Juan Manuel de Prada. Ustedes dirán si hay o no diferencia.

Alejandro Sawa y Pedro Luis de Gálvez


(Hago aquí un inciso para indicar que no es mi propósito menospreciar u ofender al señor de Prada ni a sus seguidores y vuelvo a apropiarme de una de las ocurrencias del señor Camba para hacer constar que "no ha escrito uno Las máscaras del héroe, cosa lamentable –el no haberla escrito, se entiende–, ni la ha cobrado, lo que también es bastante de lamentar").

Ahora bien, el señor Camba no llegó a ver cómo, con la llegada de la democracia, surgió una especie de bohemia dispuesta enteramente a serlo, no ya por imperativo, sino por puro gusto. La llamada "Movida madrileña" (que tuvo su equivalencia en Vigo, Barcelona y otras ciudades) trajo consigo un sinfín de nuevos artistas y "creadores" (algunos, buenos; la mayoría, mediocres) dispuestos a experimentar con nuevas técnicas y a pasarse por el forro las doctrinas académicas. Casi todos suplían la falta de conocimientos con un entusiasmo agotador...; perdón, quise decir inagotable. Otros, más instruidos, daban un enfoque inédito a lo establecido o introducían las tendencias vanguardistas de Europa o América. Era la época de los Ceesepe y de los Hortelano, en pintura, de los García-Alix y de las Ouka Leele, en fotografía, de los Novísimos –aunque algo anteriores–, en Literatura, y de los Muelle, en las paredes. Pero también era la época de la heroína y de los excesos. Las sobredosis, con sus víctimas, y la bonanza económica, con el aburguesamiento de los artistas, hizo estragos y pronto toda esa bohemia empezó a disminuir en número e intensidad hasta quedar reducida a unos cuantos fieles y a unos muchos fracasados. Claro está que aquellos que triunfaron siguen manteniendo hoy que, pese al piso de 250 metros cuadrados en el centro de Madrid o a la Harley importada de EE. UU., continúan siendo bohemios, al menos, en espíritu. Pues algo debe haber de cierto en lo de el espíritu, porque hay que ser muy "fantasma" para aparecérsenos con eso. ¡Señores, por favor, una urticaria sin prurito no es más que una roncha!

Lamentablemente a nuestra sociedad española, hoy por hoy, le falta un buen puñado de euros bien repartidos para considerarla una sociedad rica. La crisis, la fractura social, cada día más acusada, y los sueldos de "juguete" amenazan con convertirnos en bohemios; pero en bohemios como los de antes, los de finales del  XIX o principios del XX, en bohemios por necesidad. Como les ocurría a ellos, que deambulaban de redacción en redacción intentando ver publicado alguno de sus artículos, aunque fuera a precio de saldo, muchos profesionales están ya merodeando por las calles, con el cuchillo en la boca ante posibles competidores, en busca de un trabajo por horas mal pagado. La ley de la oferta y la demanda, nos dicen. Póngase en el lugar del empresario, ¿qué haría usted si le propusieran realizarle un trabajo a un coste menor del que se veía obligado a pagar hasta ese momento? ¡Pues qué quiere que le diga! Póngame en el lugar del empresario, que ya me ocuparé yo de ver lo que hago o dejo de hacer, pero no me mande a engrosar las filas de los "perro-flautas" porque ni tengo perro, ni sé tocar la flauta, ni, mucho menos, hacer malabares. Y como uno no tiene alma de héroe a lo Sawa, ¡a ver si lo que esperan es que se pasee por ahí con un niño dentro de una caja de cartón!

viernes, 18 de octubre de 2013

Del porqué de la tardanza en volver por aquí

Veo, no sin cierta vergüenza, que éste que les escribe ha estado sin hacerlo por aquí desde noviembre de 2012. ¡Casi un año, que se dice pronto! Cualquier bloguero que se precie se habría disculpado achacando su nula capacidad creativa a un progresivo desgaste neuronal, secuela, sin duda, de la infinidad de artículos engendrados por su ingenio hasta ese momento; pero ¿cómo es posible excusarse de tal modo cuando se abandona la empresa apenas iniciada, cuando se pueden contar con los dedos –y sobrarían dedos– los post subidos al ciberespacio? Peor aún, ¿cuando la demora entre artículo y artículo nunca ha sido inferior a 20 días y ha continuado ampliándose hasta alcanzar este excesivo intervalo de casi 12 meses? Y, por otro lado, ¿quién, en su sano juicio y con poco tiempo libre como para estar pendiente, va a seguir tan escasa y renqueante producción? Supongo que nadie. Aún así no quiero dejar de pensar que es posible, aunque improbable, que alguno de ustedes se haya preguntado, durante este largo período de inactividad, el porqué de esta demora. Pues bien, voy a dar una justificada respuesta a ese "alguno" que se preocupa por el buen y continuado desarrollo de este blog.

Ante todo, y ésta es una de las razones, he de indicar que este "alguno" no es una mera licencia numérica. No es un indefinido que haga relación a un grupo indeterminado, más o menos pequeño, de personas, no. Con echar un vistazo a la cantidad de seguidores, a la abundancia de respuestas y comentarios y a la cifra de visitas del blog, se puede constatar con cierta exactitud que ese "alguno" hace referencia a un número de interesados que va desde uno a ninguno. Es decir, que si este bloguero fuera una diva de la canción, u otro espécimen similar, y se viera en la necesidad de decir aquello de "me debo a mi público", a continuación podría añadir el nombre, apellidos y residencia del aludido sin temor a equivocarse.

Por si esta explicación no tuviera ya de por sí el suficiente peso específico como para entender la falta de periodicidad de este blog, hay van otros motivos que la harán irrebatible. He hablado más arriba acerca del ingenio de muchos blogueros por engendrar infinidad de artículos, algunos sacados casi de la nada. Pues bien, no es la incapacidad para engendrar la dificultad. Engendrar, engendro. Es precisamente ahí, en esto último, donde radica el problema: en el engendro, bien porque me sale cada bodrio que no tengo otro remedio que abortarlo antes de su alumbramiento, bien porque el período de gestación se acerca al de un elefante y acabo pariendo lo que se llama comúnmente un ladrillo. ¿Y quién va a querer presentar un ladrillo, por mucho que se parezca a su padre? Todo el que me conoce sabe que la concisión no es una de mis virtudes. Suelo irme por las ramas con la facilidad de un mono, para acabar hecho un lío y sin saber bajar. Aunque en mi descargo alegaré lo que en su día argumentó no recuerdo qué escritor cuando el director del periódico donde trabajaba a diario le echó en cara la longitud de sus crónicas: "¡Con el poco tiempo que tengo, para ponerme a resumir!"

Y por si dichas excusas no fueran suficientes, ahí va la última causa de mi dejadez: este bloguero adolece de una especie de reumatismo crónico a la hora de escribir. Se agarrota en cada palabra, la retuerce, la encoge y la estira, sufre buscando la adecuada, y cuando cree haberla encontrado, al momento, descubre que se le extiende por todo el texto y que ha de ser extirpada y reemplazada por otra. En otras palabras, que escribir no es tan fácil, ¡hombre! Al menos, escribir bien.

Pese a ello y al escaso éxito, uno no quiere dejar de hacerlo, porque, al fin y al cabo, le resulta de lo más entretenido. Y si se tiene tiempo... Así que permítaseme volver a ésta mi cátedra bloguera con la consabida frase frailuisina "decíamos ayer…"

miércoles, 21 de noviembre de 2012

En respuesta a un comentario sobre "Españolizar a los españoles (I)"

Después de publicar el artículo “Españolizar a los españoles (I)”, un lector amigo –al que llamo amigo en el sentido literal de la palabra, dado que nadie más me lee, si exceptuamos a los familiares, a quienes obligo– tuvo a bien dejar un comentario en el que expresaba su desacuerdo. He dudado mucho en contestarle, pues temo que, al hacerlo, caiga sobre mi conciencia el perder tanto al lector como al amigo, y de ambos uno no anda sobrado. Sin embargo, por estas cosas que tiene el placer de la escritura y la falta de conciencia, no sólo me he decidido a rebatirle, sino que, dada la extensión de mi respuesta, he creído conveniente “pregonarlo” en otro artículo. Que me perdone, por tanto, el amigo al que se le ocurrió enmendarme la plana. Me he permitido, también, corregir un tanto la ortografía, que a buen seguro habría sido más pulcra de no haberse escrito, como supongo, a mata caballo. Espero no haber desvirtuado su sentido. El comentario dice lo siguiente: 

No creo, es más sé, que el castellano, lengua de los castellanos y oficial de todos los españoles, no es tratado como lengua extranjera en ningún rincón de España. Como sí que pasa con otras lenguas españolas, como el catalán, lengua de los catalanes (y) "por defecto de todos los españoles" que, aun siendo una lengua española, no es oficial en España, y no esta protegida por ni una sola ley española. Lo cual no termina de tener sentido. Digo catalán como podría haber dicho otra de las cuatro que se conservan. No te tomes (a) mal este comentario medio crítico. Aparte de este articulo, el resto del blog, glorioso.

Permíteme unas leves matizaciones a tu escrito: 

El castellano hace ya muchos siglos que dejó de considerarse sólo la lengua de los castellanos. No fue una imposición franquista, como algunos quieren hacernos creer, lo que ocasionó que, de la noche a la mañana, el hablante catalán, el vasco y el gallego pasaran a expresarse en castellano. Ni tampoco, "in illo témpore", hubo coacción alguna, más allá de convertirse Castilla en uno de los reinos con más "peso específico" de Europa. Fue, simplemente, el resultado de un proceso muy común que ya se había originado con otras lenguas; como el latín, por ejemplo. La lengua castellana comenzó a expandirse por las zonas bajo su influencia y a desplazar a las otras; las cuales, paulatinamente, quedaron relegadas al ámbito rural o familiar, en el caso del vasco y del gallego, y a un uso algo más extendido, en el catalán. De ahí que el castellano pasara a llamarse, con perdón, español. Es a partir del siglo XIX, con los nacionalismos, cuando las otras lenguas vuelven a cobrar vigencia como seña no ya identificadora, sino diferenciadora. Sin embargo, no sería descabellado señalar que, con anterioridad, el español había adquirido sobradamente carta de naturaleza en la cultura catalana, vasca y gallega, por mucho que ahora se empeñen en arrebatársela. Quinientos años nos contemplan. ¡Pues me los paso por el Arco del Triunfo!

Reputados filólogos mantienen que el vascuence no sólo se circunscribió a una determinada región de la Península, sino que abarcó, en la época prerromana, una zona mucho más amplia. Algunos, incluso, suponen que la lengua vasca y la ibera compartieron una raíz común. Por tanto, bien podría argumentarse que el “euskera” es el idioma más cercano a nuestra lengua vernácula. ¿Se imagina alguien que, para rizar el rizo de los despropósitos, llegase hoy uno de esos “iluminados” reclamando la vuelta a los orígenes? Al fin y al cabo, el castellano, el gallego y el catalán provienen del latín, el idioma de los invasores romanos. Inperioa ez.

En cuanto a la revelación de que las otras lenguas no son oficiales en el resto de España y no se encuentran protegidas por las leyes, este bloguero no sale de su asombro. Uno, en su ignorancia, creía que con el reconocimiento por parte de la Constitución del catalán, vasco y gallego como lenguas cooficiales en sus respectivas comunidades se garantizaba suficientemente su salvaguarda. Pues no. Por lo que parece han de estar aceptadas y amparadas en todo el territorio español, también en los lugares donde no se hablen. A ver si lo entiendo. ¿Quiere esto decir, por proponer un tema, que si un comerciante en Cataluña decide rotular su tienda exclusivamente en español se expone a una multa, como está sucediendo, pero si este mismo vendedor traslada su establecimiento a Murcia y, con una visión de negocios digna de Rompetechos, emplea en esta ocasión sólo el catalán, ha de aceptarse como algo lógico y conforme a la ley? Aún así, admitiendo mi desconocimiento de la normativa que a este respecto impera en la comunidad murciana, dudo muy mucho que tal asunto acabase en una sanción. Eso sí, más de uno lo tacharía de soberana imbecilidad. A menos, claro, que lo que ofreciese fueran butifarras, cava o cualquier otro producto de aquellas tierras. En cuyo caso le conferiría un "toque" ciertamente autóctono.

Con todo, amigo, no quiero dejar de agradecerte tu comentario –el cual, igualmente, y pidiéndote prestado el término, considero "glorioso"– e instarte a que, pese a estas puntualizaciones, sigas leyendo "Barbacoa Literaria" y respondiéndome a todo aquello que creas conveniente.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

"Españolizar" a los españoles (I)

Cuando el ministro de Educación y Cultura, José Ignacio Wert, manifestó, en vísperas del Día de la Hispanidad, la necesidad de "españolizar" a los alumnos catalanes, les faltó tiempo a los nacionalistas y a la progresía española para rasgarse las vestiduras exigiendo una rectificación. Ahora que estos escolares no ignoran que la Guerra de Sucesión Española fue en realidad una guerra de secesión, que los txabales en las ikastolas sitúan ya perfectamente su país, Euskal-Herria, en el mapa de la Península Ibérica, que los fillos de Breogán hablan en un gallego inextricable para sus abuelos, y que Lucía Etxebarría nos instruye con que wert significa "precio" en alemán y reclama la "españolización" del apellido del ministro; ahora va éste… y nos sale con éstas.

Lo importante, lo primero: felicitémonos todos porque a la insigne escritora le haya dado por aprender algo de alemán. Tal vez así se anime a escribir en esa lengua y consiga con ello aumentar su últimamente exigua clientela; no tanto por abrir mercado en tierras germanas gracias a la calidad literaria de sus textos como por dar a conocer al estudiante los términos más  escabrososos de dicho idioma. Por si acaso, y como ayuda, ahí van unas cuantos que a buen seguro le serán de utilidad para su futuro libro: schawnz, arsch, tits y fotze.

Y, a continuación, retomemos un tema menor como es el de la repercusión de las palabras del ministro. Este bloguero no puede más que reprochárselas, no porque haya revelado una situación que nadie ignora pero pocos quieren reconocer, sino porque se ha quedado corto en su apreciación. No es a los escolares catalanes, o por mejor decir, no sólo a los catalanes, ni a los vascos, ni a los gallegos, sino a los propios españoles a quienes habría que "españolizar". A nadie se le escapa que, a lo largo de estos años de democracia, la administración central ha ido cediendo paulatinamente competencias a favor de las autonomías con el fin de frenar las reivindicaciones secesionistas de algunas de ellas y, a la vez, desagraviar a los nacionalismos por los desmanes cometidos durante el régimen anterior. A cambio, se les ha exigido fidelidad y respeto a lo establecido por la Constitución. Lejos de cumplir con estos acuerdos, los gobiernos nacionalistas han hecho de su capa un sayo y, presentándose ante sus ciudadanos como víctimas de un Estado opresor, han logrado alcanzar metas impensables en otros tiempos. Por su parte, aquellas autonomías no "históricas", instituidas durante la Transición por una justificación política que algunos han definido como de "café para todos", han reclamado para sí el mismo trato de favor, lo que ha derivado en una descentralización tal que ríete tú de los Reinos de Taifas.

Entre las primeras concesiones que se confirieron a las administraciones autonómicas se encontraban las concernientes a educación y cultura. Al contrario de lo que muchas mentes privilegiadas de nuestra política creyeron en aquel momento, no fueron estos traspasos un tema sin importancia, de cara a la galería. Las fuerzas nacionalistas sabían que para conseguir su objetivo más preciado, la independencia, era necesario controlar el parecer que sobre España pudieran tener las generaciones futuras. ¿Y qué mejor forma que instruyéndolos desde la infancia? En tres décadas han formado una sociedad adoctrinada anuente con sus falsedades, tergiversaciones, medias palabras y victimismo. ¡A ver quién carajo encauza esto ahora!

Pero el aprieto es aún más grave, pues, a causa de ese "café para todos" del que antes hablaba, el resto de comunidades han marchado por su cuenta en estos asuntos, lo que ha provocado no sólo una deriva del sistema educativo, un "sálvese quien pueda", sino, también, una especie de solidario desentendimiento: unas autonomías se sienten menospreciadas por otras y, todas, por el Estado. Así que, sin excepciones, se han recluido en sus límites geográficos, históricos y artísticos, enriqueciendo su provincianismo y abandonando cualquier nexo de unión con las demás.

Ahora bien, mientras los independentistas han sido capaces de remontarse hasta el mismísimo nieto de Noé –miren, si no, el mito de Túbal– para acreditar sus diferencias, el resto de los españoles, sencillamente, hemos desechado de nuestro bagaje cultural cualquier vestigio de un pasado común, dando, de este modo, carta de naturaleza a las reclamaciones de aquéllos. Y sin un pasado común, ¿cómo no vamos a transigir ante naciones como la vasca, la catalana o la gallega, con un peso específico propio de cientos de años, como ellas mismas atestiguan, cuando quieran abandonarnos? El despropósito llega hasta tal punto que muchos jóvenes españoles atribuyen la idea de España a una imposición franquista con la que ningún demócrata puede sentirse conforme. Una nación formada a través de los siglos por los mutuos intereses y esfuerzos, por las alianzas, por los sacrificios y, por qué no decirlo, también por los enfrentamientos de castellanos, aragoneses, catalanes, extremeños, vascos, navarros, gallegos, andaluces, asturianos, cántabros, riojanos, valencianos, baleares, murcianos, canarios, ceutíes y melillenses, resulta para ellos impensable. El problema no es tanto que unos argumenten a favor de la emancipación, sino que los otros carezcan, por desconocimiento, de razonamientos para la réplica.

Con todo este enjuague, para no herir susceptibilidades, de nuestra Historia, hemos pasado del innecesario recitar de memoria la lista de los reyes godos a sonarnos a chino cualquiera de sus nombres; del "Viriato, pastor lusitano valiente y aguerrido..." que estudiaban los parvularios al inicio de la Transición a no saber qué coños es eso de "lusitano" y a desconocer de la vecina Portugal más personaje célebre que Mourinho o Cristiano Ronaldo. Y hemos pasado, también, del español como única lengua oficial a encontrarse relegada en algunas zonas a idioma extranjero;  y de la joseantoniana definición de España como "una unidad de destino en lo universal" a un Estado plurinacional que, parafraseando a Alfonso Guerra, no lo va a reconocer ni la madre que lo parió.

Creo que fue el historiador griego Estrabón quien describió Iberia como una región inhóspita de pueblos belicosos cuyo mayor entretenimiento consistía en zurrarse entre ellos. Se ve que, con esta manía de los nacionalismos, ansiamos repetir nuestras más ancestrales tradiciones.

¡Ah!, y para aquellos que nunca llaman a España por su nombre, sino solamente el Estado, así, sin más, y van a tacharme de nacionalista español, les brindo un nuevo término para evitar que sus labios se ensucien con tan maldita palabra: nacioñalista (con ñ de... bueno, ya saben).


jueves, 26 de julio de 2012

Juego de sillas

Ahora que Canal + acaba de emitir el final de la segunda temporada de Juego de tronos, ahora que todo aquél que no tuviera Canal + se la ha "bajado" de Internet, ahora que la mayoría de la población española comprendida entre los 15 y los 40 años (y algún que otro  friki de más de 40) va a llevar en su móvil la sintonía de marras, ahora que quien no la haya visto se convertirá en un desclasado en las redes sociales, en un paria, y ahora que Antena 3 da una última oportunidad de reinserción emitiéndola "en abierto"… Ahora resulta que no basta con verla, sino también hay que leérsela.

– ¡Joder, tío, qué pedazo de serie! Estoy enganchadísimo, deseando un huevo que empiece la tercera temporada.
– ¡Ya te digo! La serie está güay, pero el libro es la hostia. Yo ya voy por el tercer tomo y la cosa se pone chunga, chunga.
– Algo había oído, pero no sé… me han dicho que son muy tochos.
– 1.500 peichs, más o menos, cada uno. Pero el tío escribe de puta madre. Merece la pena, de verdad. Desde Harry Potter no había leído…
– Te creo. Yo, tampoco.
– …no había leído nada mejor.

Que las huestes de seguidores de George R. R. Martin me corten la cabeza, la ensarten en una pica y se la muestren como trofeo a este guionista, coproductor de la serie y autor de la novela, pero, considerada la lentitud exasperante de la serie, me niego a leer una sola de sus páginas, lo recomiende la recién consagrada Matilde Asensi o el mismísimo sursuncorda.

(Hago aquí un inciso para indicar que lo dicho anteriormente sobre mi apéndice craneal se entienda en sentido figurado, por favor. Que entre este tipo de gente fanática del género épico-fantástico y los juegos de rol siempre se encuentra algún chalado que se toma las cosas al pie de la letra y luego vienen los disgustos).

Este rechazo por la edición impresa de Juego de tronos (Canción de hielo y fuego se titula en papel) no se origina tanto por tener pendientes lecturas más interesantes, que también, como por la certeza de que vistos los episodios televisivos nada nuevo aportará el desmesurado relato, como no sea el conocer antes que nadie qué ocurrirá después. Pero esta satisfacción es limitada, porque de los siete libros que supuestamente componen la saga, sólo cinco están terminados. Así, puede darse el caso que, por enfermedad, fallecimiento o simplemente desidia del autor, la obra quede inacabada. Puede suceder, también, que debido al éxito, lo que en un principio iba a reducirse a siete, se extienda en el tiempo y el espacio en un número indeterminado de libros hasta agotar su popularidad. Incluso, que la serie, en un formidable sprint mercadotécnico, se le adelante (estas cosas pasan: el share es muy tiránico y el público, muy voluble, se cansa rápido). La satisfacción se reducirá, entonces, al mezquino placer de aguar durante un tiempo al amigo, compañero o vecino las sorpresas de los capítulos televisivos, pero no habrá manera de chafarle el final (que es para lo que se leen este tipo de sagas interminables). Mucho esfuerzo para tan escaso beneficio, la verdad. Dicen por ahí que la serie sigue fielmente el argumento original, aunque existen detalles que la diferencian de la novela. Bueno, pues que no cuenten con este bloguero para que busque tales diferencias entre cabezada y cabezada.

Uno tiene más que suficiente con la adaptación televisiva. No negaré sus méritos, pero, al contrario de lo que muchos le atribuyen, ni la fluidez, ni la originalidad se encuentran entre ellos.

Vale con que "Poniente" sea un continente ficticio, la época imaginaria y las estaciones duren una eternidad, pero si al inicio del primer capítulo se sobreimpresiona el epígrafe "Se acerca el invierno", si, en él, un personaje, arrebujándose en una gruesa capa de pieles, comenta "se acerca el invierno" y un segundo, escrutando el horizonte nevado, en otro momento advierte "se acerca el invierno", ¿cómo se entiende que alcancemos el final de la segunda temporada y el anunciado solsticio siga sin llegar? Por mucho que dure una situación, cuando aseguramos con un "se acerca" que otra diferente viene a reemplazarla, queremos indicar que el cambio, si no inminente, al menos estará próximo. Otra circunstancia nos dejaría en muy mal lugar. Fíjense, por ejemplo, en las doctrinas apocalípticas y su célebre "el fin del mundo se acerca". O las ganas de asesinar que le entrarían a cualquiera de nosotros si, pongo por caso, al volver de las vacaciones estivales, el compañero nos recibiera con el chiste: "tranquilo, que ya se acercan las Navidades". Y esta flema en los cambios climáticos al parecer resulta contagiosísima, pues, en ocasiones, afecta a las capacidades volitivas de los protagonistas, impidiéndoles la rápida consecución de cualquier acto. En alguno de los episodios, con tanto amago y tanta demora, el espectador podría tranquilamente dormirse a la mitad, que no se perdería nada. Juego de tronos padece de lo mismo que se le achaca a la Fórmula 1: con ver la salida y la llegada, basta. Eso sí, a veces las condiciones meteorológicas complican la carrera y la hacen más interesante... En realidad, y salvo contados momentos, sobraría con los diez últimos minutos de cada capítulo para hacerse una idea clara. En este lapso todo lo que tiene que suceder, sucede. Y es ahí donde siempre salta la sorpresa (una efectiva, aunque poco novedosa, forma de fidelizar a la audiencia para el próximo capítulo).

En cuanto a la tan cacareada originalidad del argumento, ¿qué entienden los críticos por este término? Quizás, al estar todo inventado, ésta radique en elaborar un refrito donde tenga cabida toda la variedad de estilos dentro del género de la fantasía épica. No falta de nada: caballeros artúricos, reinas incestuosas, incomprendidos bastardos, inocentes princesas, prudentes preceptores, niños metomentodos, codiciosos eunucos, rijosos consejeros, bondadosas prostitutas, bárbaros cimmerios, dragones en peligro de extinción, sacerdotisas teúrgicas… ¿Gigantes? Hum, quizá luego… Lobos, brujas, zombies, enanos con capacidad intelectual superior a la media y reyezuelos sin apenas actividad cerebral… Para remover la mezcla emplearemos desde resplandecientes ciudades en medio de la nada a ignotas regiones hiperbóreas, desde inexpugnables castillos y suntuosos palacios a inhóspitos muros fronterizos y paupérrimas aldeúchas. Espesemos el refrito con algo de Historia, ¿qué tal la Guerra de las Dos Rosas?, y por si esto no fuera suficiente, innovemos con su buen chorreón de sexo explícito de todo tipo. ¡Listo! ¡Buen provecho!

Varios de estos críticos han ensalzado serie y novela a la categoría de obra maestra. No encuentran en ellas sino influencias de El señor de los anillos, de Los hechos del rey Arturo y, vagamente, de las disputas feudales en la Edad Media. Algunos, incluso, descubren indicios argumentales que lo enlazan con Yo, Claudio y las tragedias del mismísimo Shakespeare. Sí, hombre, ¿y qué más? Uno no sale de su asombro. ¿Pero dónde han encontrado coincidencias con el césar de Graves? ¿En las intrigas y crímenes políticos?, ¿en la astucia del emperador tartamudo? ¿Y en qué se basan para comparar con las tragedias del bardo universal? ¿En el giboso Ricardo III?, ¿en la arenga de Enrique V?, ¿en Falstaff? Que Dios conserve a estos analistas los restantes sentidos, porque lo que es la vista y el gusto… Éste que les escribe considera, sin embargo, más obvia la influencia de Conan, el bárbaro y el subgénero de "espada y brujería" que de Tolkien y advierte más paralelismos que los fonéticos entre las Casas de los Stark y los Lannister y las de York y Lancaster. Pero, claro, esto no es tan cool. Hace falta algo más que un cojín para que una silla se convierta en trono.