viernes, 2 de marzo de 2012

Los indignados de Dickens: "Barnaby Rudge"


Con motivo del bicentenario de Dickens han aparecido en los medios de comunicación algunos comentarios "ensalzando" la figura del prolífico novelista a la categoría de precursor literario del radikalismo actual (así, con "k", como gusta de escribirlo a los anti-sistema). "Pre-indignado", "revolucionario", "defensor de los humillados" son algunos de los calificativos que se le asignan. Aducen para ello que el autor agitó las conciencias victorianas al denunciar en sus obras los males de la época: explotación infantil, corrupción, desigualdad, injusticia… Males que, en gran medida, continúan aún vigentes. Lejos de este bloguero el contradecirles. Dickens era un radical, pero… cuidado con el sentido que le damos a esta palabra. Porque una cosa es mantener una drástica postura reformista dentro de los límites del sistema, y otra bien distinta convertirse en el homo antecessor del "indignado" de hoy. Cuando a Peter Ackroyd le preguntaron, en una de las entrevistas que estos días ha concedido con motivo de la publicación en España de su libro "Dickens. El observador solitario", cuál era su opinión acerca de la extendida idea de un Dickens como "especie de revolucionario radical", el biógrafo contestó que en la actualidad sería considerado, más bien, como un "conservador radical". Y, a continuación, aclaró tan contradictorio término: "era sobre todo un hombre del siglo XIX. Fue toda su vida un victoriano de primera hora" pero con "genuinas aspiraciones de reforma social (…), fe en el progreso y largueza de espíritu".

Dickens sufrió una infancia de penuria y privación, criticó con firmeza la pena de muerte y la esclavitud, alertó sobre la deshumanización de las grandes ciudades, denunció la lamentable situación del obrero y las desproporcionadas diferencias de clase…; pero también fue una celebridad, un autor consagrado en vida y un burgués con un acusado sentido de la propiedad, temeroso de los disturbios sociales. Aunque siempre habrá quien se empeñe en arrimar el ascua a su sardina y verá en Dickens a un protoactivista, lo cierto es que, a pesar de trabajar con doce años en una fábrica de betún, habría puesto a la altura de tan pringosa sustancia a los muchos que ahora claman por la desobediencia civil y aplauden enfervorizados los disturbios de Tottenham, Cairo o Atenas. 

Las revueltas callejeras que la ciudad de Londres sufrió en 1780 sirvieron de argumento a Charles Dickens para escribir "Barnaby Rudge". Poco antes de esa fecha, el Parlamento inglés promulgó una ley que, en la práctica, anulaba otra de índole anticatólica, en vigor desde 1689. Esto provocó un movimiento de protesta, encabezado por Lord George Gordon, para tratar de derogar la nueva disposición y exigir que los bienes de los católicos fueran requisados. Gracias a sus dotes oratorias, este extravagante personaje (acabaría, tiempo después, abrazando el judaísmo) soliviantó a las clases más humildes, atemorizándolas con la pérdida de sus escasos privilegios y el retorno a la monarquía absoluta. La crisis que en esos momentos soportaba el país sin duda ayudó mucho a enervar los ánimos: aumento del paro, caída de los salarios, encarecimiento de los productos… (¿Les suena?). Gordon marchó entonces al frente de una multitud de partidarios hasta las puertas del Parlamento para intentar, sin éxito, que la ley se revocase. Los desmanes que se sucedieron a continuación duraron varios días: toma de embajadas, asalto de cárceles, saqueos e incendios de casas, iglesias e, incluso, barrios enteros… El Banco de Inglaterra tampoco se libró de la ira de los "indignados". Al cabo de cinco días, el ejército logró restablecer el orden. La llamada "Revuelta de Gordon" se saldó con centenares de muertos y heridos, cuantiosas pérdidas económicas y con los principales responsables ejecutados; salvo Lord Gordon que, curiosamente, fue absuelto.


En "Barnaby Rudge", Dickens deja patente su parecer ante este tipo de sucesos (al igual que haría, años más tarde, con la Revolución Francesa en "Historia de dos ciudades", su otra "novela histórica"). Considera que, detrás de todo aquel arrebato de ira camuflado de fanatismo religioso, subyace el deseo de arrebatarle al vecino sus posesiones. Y es esto lo que realmente le preocupa. El hombre honrado, aun en el trance de una extrema necesidad, no debe ni puede comulgar con la violencia. De nada sirven las justificaciones que los rebeldes pudieran esgrimir, de nada las excusas sobre humillaciones pasadas, de nada el hartazgo de ser siempre el perdedor. Se podría argumentar que aquellos hechos no son comparables con los actuales, puesto que unos se levantan, equivocados o no, por una causa que creen justa y los otros por espurios sentimientos religiosos. Quizá; pero sólo a dos de los personajes principales de la novela les mueve tal sentimiento: al mesiánico Lord Gordon y a la voluble e influenciable señora Varden. Para el resto de amotinados no es más que una mera excusa para lograr sus propósitos. Así y todo, ya sea por ideología, ya por creencias, ya por mejorar las condiciones de vida, ya por motivos estrictamente personales, quienes se unen a los disturbios lo hacen con la convicción de tener la razón de su parte o, al menos, de sacar provecho de ello.

Entre los amotinados, Dickens reúne un muestrario de personajes-modelo que representan la quinta esencia de toda revuelta: el retrasado mental, engañado por los líderes de la revuelta, que se convierte en su más fervoroso seguidor (Barnaby Rudge); el intrigante que, desde la sombra, ejerce el control de la algarada (el renegado Gashford); el salvaje que aprovecha para dar rienda suelta a su ira (el mozo de establo Hugh); la medianía que vislumbra la ocasión de que se le reconozcan sus méritos (el aprendiz Sim Tappertit); o el indispensable que cree poder servirse de unos u otros según le convenga (el entusiasta verdugo Ned Dennis).

Algunos entendidos censuran la novela como excesivamente folletinesca e indigna del genio de Dickens. Otros reconocen su valor en aspectos tales como la maestría en la descripción de los acontecimientos, la exacta caracterización de alguno de los protagonistas o la profundidad de su discurso. Este bloguero deja a la consideración del lector el juzgar la calidad literaria de la misma por dos motivos. El primero, porque en este post (así se llama ahora al comentario) no se busca criticar la obra, sino, sencillamente, hacer notar que en ella se encuentra el carácter menos radikal de su autor. El segundo, porque, debido a la extensión del artículo, empieza uno a dudar de que alguien logre terminarlo.