viernes, 13 de diciembre de 2013

El homenaje a Madiba, el amiguete de todos

Tendrán ustedes que perdonarme, pero esto del homenaje a Mandela no acaba de convencerle a uno. No crean por eso que en adelante van a descubrir a un afrikáner irredento, a un zulú resentido o, simplemente, a un racista de libro. Nada de eso. Es tan sólo que quien les escribe se conmueve más, siente una mayor emoción, cuando, durante la realización de una ceremonia luctuosa, por muy multitudinaria que sea, se siguen unos cauces adecuados, se procede de una forma contenida y, ¿por qué no decirlo?, "tradicional", que cuando se monta un jolgorio más propio de un cotillón que de unas exequias. Se objetará con que en Sudáfrica lo tradicional es precisamente celebrar con danzas tribales y cánticos este tipo de actos. Vale, de acuerdo, pero… ¡oigan!, que las canciones y las coreografías sonaban de lo más animadas; que el público asistente sonreía a cámara y saludaba cuando se le enfocaba; que se contrató a un payaso para la traducción al lenguaje de signos de los discursos de las autoridades; que alguno de sus miembros, contagiado por el ambiente y sin importarle demasiado la cercanía de su esposa, se puso a "tontear" con la rubia que se sentaba al lado, mientras ésta no paraba de hacerse fotos con su ilustre admirador para dejar constancia del logro en twitter… Vamos, que el evento de marras en el estadio de Soccer City recordaba, más bien, los prolegómenos de uno de los partidos del Mundial que ganamos, con sus vuvuzelas y demás. Ahí había de todo menos recogimiento. Sólo la susodicha esposa del dirigente ligón mantuvo el gesto sombrío en todo momento. Pobre, ¡cuánto debía de apreciar a Madiba! Llámenme anticuado, o out, o anti-trend, o vintage, o como narices se diga hoy en día, pero convendrán conmigo en que para un occidental resulta, cuando menos, chocante ver cómo los asistentes a un funeral bailan alegremente y se entretienen de forma tan variopinta.


Pero, no nos engañemos, lo de Soccer City no fue sino la apoteosis da algo que ya venía de días atrás. Nada más enterarme de la noticia de la muerte de Mandela corrí a poner el televisor en busca de más información y cuál fue mi sorpresa cuando aparecieron ante mí cientos de sus compatriotas oscilando las caderas y moviendo al unísono pies y manos en una improvisada y divertidísima coreografía a la puerta de la casa del difunto. "¡Vaya! –exclamé–, y yo que creía que apenas le quedaban enemigos, más allá de algunos bóers". Mi mujer me sacó del error: "No, si éstos son sus partidarios". "¡Vaya! –volví a exclamar–, ¿qué estarán haciendo entonces sus adversarios?". ¡Qué quieren que les diga! Me parecerá muy acertado, cuando toque, que los amigos celebren mi marcha de este mundo tomándose una copa por mi falta de salud mientras recuerdan joviales anécdotas del pasado. Pero hago constar desde aquí mi más profundo malestar como se les ocurra comenzar un fiestón estando yo, como si dijésemos, aún de cuerpo presente.

Por lo expuesto no crean entonces que uno es más partidario de las honras fúnebres al estilo árabe, con sus plañideras y sus golpes en el pecho. Existe un término medio. Ni tanto, ni tan calvo. ¿No puede ser un momento de sencillo recogimiento, de respetuoso silencio, sin más? ¡Ah, y sin aplausos, por favor! Que parece como si a uno lo quisieran sacar de este mundo por la puerta grande... Y tampoco es eso.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Sobre el pasado que nos espera: la bohemia

Decía Camba, el inolvidable Julio Camba, que la bohemia...
–¿Quién?
Julio Camba... 
– (…)
Sí, hombre, sí... El célebre periodista y escritor gallego del siglo pasado, humorista...
–¡Puf, ni idea!
Está bien, no hay problema.

Decía Camba, el injustamente olvidado Julio Camba, que la bohemia era "un lujo de las sociedades ricas". Para el otrora famoso inquilino del hotel Palace, un artista se hacía bohemio "con el fin de llevar, en lo posible, una vida burguesa". Así, por ejemplo, todos aquellos que profesaban esta clase de existencia ayunaban no por falta de medios para su sustento, sino al contrario, porque de seguir unas pautas normales de alimentación "perderían el público del que disponen y se morirían de hambre". ¡Cuánta verdad encierra esta afirmación! Al ciudadano, en general, no le gusta que determinadas tipologías sociales se salgan de contexto. Le chirrían las neuronas del mismo modo que ante una mujer barbuda, un mendigo con móvil o un jefe comprensivo. En otros tiempos, el bohemio había de comportarse como tal. Daba igual que hubiera heredado una pequeña fortuna, a lo Hoyos y Vinent, o, como en el caso de Emilio Carrère, llevase una doble vida de funcionario acomodado por el día y bohemio prototípico con su capa, chambergo y chalina al caer la noche. A la hora de la representación ejecutaban su papel de forma convincente y con todas las consecuencias: trasnochando, bebiendo y putañeando. Bien es cierto que, en estos casos, obviaban una de las habilidades características de esta manera de vivir, la del sablazo; pero lo solventaban con el dispendio de su patrimonio en una desbocada carrera por perder peso en los bolsillos a cambio de ganarlo en el corazón de sus compañeros de letras, aunque fuera momentáneamente y durara lo que dura una borrachera.

Pero, en España, junto a estos escasos bohemios de vocación figuraba una inmensa mayoría de bohemios por necesidad. Y es por ello precisamente por lo que, según Camba, aquí nunca pudo darse el auténtico bohemio, el de verdad, porque éste "si se viste con andrajos, si come mal y si duerme poco, lo hace más por temperamento que por necesidad, y para cambiar de vida le bastaría sencillamente con sentar un poco la cabeza". Sin embargo, nuestros artistas no tenían tal alternativa, pues resulta imposible "ayunar voluntariamente en una tierra de ayunos obligatorios". Y añadía: "En París, el bohemio es un héroe. Aquí es un  pobre". Rafael Cansinos Assens, Eduardo Zamacois, Eliodoro Puche, Vidal y Planas, Dorio de Gádex, Armando Buscarini…, pocos de ellos lograron sacudirse la miseria. Pero incluso ahí hubo categorías. Se podía sobrellevar con la entereza de un Alejandro Sawa, sin vender su pluma, despreciando el dinero que a cambio pudieran ofrecerle o, por contra, paseando en una caja de cartón por los cafés y tabernas al hijo nacido muerto, para despertar la compasión y generosidad de los parroquianos, como afirman que hacía Pedro Luis de Gálvez. Ambos tenían talento, a ambos la suerte les fue adversa y ambos acabaron mal: el uno, loco y ciego; el otro, implicado en el asesinato de Muñoz Seca y fusilado. Pero mientras Sawa se convirtió, tras su muerte, en el bohemio por excelencia, en el Max Estrella inmortalizado por Valle-Inclán en su Luces de bohemia, Gálvez, por contra, sólo consiguió pasar a la posteridad envuelto en la más tenebrosa de las sombras y como protagonista de la primera de las novelas de Juan Manuel de Prada. Ustedes dirán si hay o no diferencia.

Alejandro Sawa y Pedro Luis de Gálvez


(Hago aquí un inciso para indicar que no es mi propósito menospreciar u ofender al señor de Prada ni a sus seguidores y vuelvo a apropiarme de una de las ocurrencias del señor Camba para hacer constar que "no ha escrito uno Las máscaras del héroe, cosa lamentable –el no haberla escrito, se entiende–, ni la ha cobrado, lo que también es bastante de lamentar").

Ahora bien, el señor Camba no llegó a ver cómo, con la llegada de la democracia, surgió una especie de bohemia dispuesta enteramente a serlo, no ya por imperativo, sino por puro gusto. La llamada "Movida madrileña" (que tuvo su equivalencia en Vigo, Barcelona y otras ciudades) trajo consigo un sinfín de nuevos artistas y "creadores" (algunos, buenos; la mayoría, mediocres) dispuestos a experimentar con nuevas técnicas y a pasarse por el forro las doctrinas académicas. Casi todos suplían la falta de conocimientos con un entusiasmo agotador...; perdón, quise decir inagotable. Otros, más instruidos, daban un enfoque inédito a lo establecido o introducían las tendencias vanguardistas de Europa o América. Era la época de los Ceesepe y de los Hortelano, en pintura, de los García-Alix y de las Ouka Leele, en fotografía, de los Novísimos –aunque algo anteriores–, en Literatura, y de los Muelle, en las paredes. Pero también era la época de la heroína y de los excesos. Las sobredosis, con sus víctimas, y la bonanza económica, con el aburguesamiento de los artistas, hizo estragos y pronto toda esa bohemia empezó a disminuir en número e intensidad hasta quedar reducida a unos cuantos fieles y a unos muchos fracasados. Claro está que aquellos que triunfaron siguen manteniendo hoy que, pese al piso de 250 metros cuadrados en el centro de Madrid o a la Harley importada de EE. UU., continúan siendo bohemios, al menos, en espíritu. Pues algo debe haber de cierto en lo de el espíritu, porque hay que ser muy "fantasma" para aparecérsenos con eso. ¡Señores, por favor, una urticaria sin prurito no es más que una roncha!

Lamentablemente a nuestra sociedad española, hoy por hoy, le falta un buen puñado de euros bien repartidos para considerarla una sociedad rica. La crisis, la fractura social, cada día más acusada, y los sueldos de "juguete" amenazan con convertirnos en bohemios; pero en bohemios como los de antes, los de finales del  XIX o principios del XX, en bohemios por necesidad. Como les ocurría a ellos, que deambulaban de redacción en redacción intentando ver publicado alguno de sus artículos, aunque fuera a precio de saldo, muchos profesionales están ya merodeando por las calles, con el cuchillo en la boca ante posibles competidores, en busca de un trabajo por horas mal pagado. La ley de la oferta y la demanda, nos dicen. Póngase en el lugar del empresario, ¿qué haría usted si le propusieran realizarle un trabajo a un coste menor del que se veía obligado a pagar hasta ese momento? ¡Pues qué quiere que le diga! Póngame en el lugar del empresario, que ya me ocuparé yo de ver lo que hago o dejo de hacer, pero no me mande a engrosar las filas de los "perro-flautas" porque ni tengo perro, ni sé tocar la flauta, ni, mucho menos, hacer malabares. Y como uno no tiene alma de héroe a lo Sawa, ¡a ver si lo que esperan es que se pasee por ahí con un niño dentro de una caja de cartón!

viernes, 18 de octubre de 2013

Del porqué de la tardanza en volver por aquí

Veo, no sin cierta vergüenza, que éste que les escribe ha estado sin hacerlo por aquí desde noviembre de 2012. ¡Casi un año, que se dice pronto! Cualquier bloguero que se precie se habría disculpado achacando su nula capacidad creativa a un progresivo desgaste neuronal, secuela, sin duda, de la infinidad de artículos engendrados por su ingenio hasta ese momento; pero ¿cómo es posible excusarse de tal modo cuando se abandona la empresa apenas iniciada, cuando se pueden contar con los dedos –y sobrarían dedos– los post subidos al ciberespacio? Peor aún, ¿cuando la demora entre artículo y artículo nunca ha sido inferior a 20 días y ha continuado ampliándose hasta alcanzar este excesivo intervalo de casi 12 meses? Y, por otro lado, ¿quién, en su sano juicio y con poco tiempo libre como para estar pendiente, va a seguir tan escasa y renqueante producción? Supongo que nadie. Aún así no quiero dejar de pensar que es posible, aunque improbable, que alguno de ustedes se haya preguntado, durante este largo período de inactividad, el porqué de esta demora. Pues bien, voy a dar una justificada respuesta a ese "alguno" que se preocupa por el buen y continuado desarrollo de este blog.

Ante todo, y ésta es una de las razones, he de indicar que este "alguno" no es una mera licencia numérica. No es un indefinido que haga relación a un grupo indeterminado, más o menos pequeño, de personas, no. Con echar un vistazo a la cantidad de seguidores, a la abundancia de respuestas y comentarios y a la cifra de visitas del blog, se puede constatar con cierta exactitud que ese "alguno" hace referencia a un número de interesados que va desde uno a ninguno. Es decir, que si este bloguero fuera una diva de la canción, u otro espécimen similar, y se viera en la necesidad de decir aquello de "me debo a mi público", a continuación podría añadir el nombre, apellidos y residencia del aludido sin temor a equivocarse.

Por si esta explicación no tuviera ya de por sí el suficiente peso específico como para entender la falta de periodicidad de este blog, hay van otros motivos que la harán irrebatible. He hablado más arriba acerca del ingenio de muchos blogueros por engendrar infinidad de artículos, algunos sacados casi de la nada. Pues bien, no es la incapacidad para engendrar la dificultad. Engendrar, engendro. Es precisamente ahí, en esto último, donde radica el problema: en el engendro, bien porque me sale cada bodrio que no tengo otro remedio que abortarlo antes de su alumbramiento, bien porque el período de gestación se acerca al de un elefante y acabo pariendo lo que se llama comúnmente un ladrillo. ¿Y quién va a querer presentar un ladrillo, por mucho que se parezca a su padre? Todo el que me conoce sabe que la concisión no es una de mis virtudes. Suelo irme por las ramas con la facilidad de un mono, para acabar hecho un lío y sin saber bajar. Aunque en mi descargo alegaré lo que en su día argumentó no recuerdo qué escritor cuando el director del periódico donde trabajaba a diario le echó en cara la longitud de sus crónicas: "¡Con el poco tiempo que tengo, para ponerme a resumir!"

Y por si dichas excusas no fueran suficientes, ahí va la última causa de mi dejadez: este bloguero adolece de una especie de reumatismo crónico a la hora de escribir. Se agarrota en cada palabra, la retuerce, la encoge y la estira, sufre buscando la adecuada, y cuando cree haberla encontrado, al momento, descubre que se le extiende por todo el texto y que ha de ser extirpada y reemplazada por otra. En otras palabras, que escribir no es tan fácil, ¡hombre! Al menos, escribir bien.

Pese a ello y al escaso éxito, uno no quiere dejar de hacerlo, porque, al fin y al cabo, le resulta de lo más entretenido. Y si se tiene tiempo... Así que permítaseme volver a ésta mi cátedra bloguera con la consabida frase frailuisina "decíamos ayer…"