Ahora que Canal + acaba de emitir el final de la segunda temporada de Juego de tronos, ahora que todo aquél que no tuviera Canal + se la ha "bajado" de Internet, ahora que la mayoría de la población española comprendida entre los 15 y los 40 años (y algún que otro friki de más de 40) va a llevar en su móvil la sintonía de marras, ahora que quien no la haya visto se convertirá en un desclasado en las redes sociales, en un paria, y ahora que Antena 3 da una última oportunidad de reinserción emitiéndola "en abierto"… Ahora resulta que no basta con verla, sino también hay que leérsela.
– ¡Joder, tío, qué pedazo de serie! Estoy enganchadísimo, deseando un huevo que empiece la tercera temporada.
– ¡Ya te digo! La serie está güay, pero el libro es la hostia. Yo ya voy por el tercer tomo y la cosa se pone chunga, chunga.
– Algo había oído, pero no sé… me han dicho que son muy tochos.
– 1.500 peichs, más o menos, cada uno. Pero el tío escribe de puta madre. Merece la pena, de verdad. Desde Harry Potter no había leído…
– Te creo. Yo, tampoco.
– …no había leído nada mejor.
Que las huestes de seguidores de George R. R. Martin me corten la cabeza, la ensarten en una pica y se la muestren como trofeo a este guionista, coproductor de la serie y autor de la novela, pero, considerada la lentitud exasperante de la serie, me niego a leer una sola de sus páginas, lo recomiende la recién consagrada Matilde Asensi o el mismísimo sursuncorda.
(Hago aquí un inciso para indicar que lo dicho anteriormente sobre mi apéndice craneal se entienda en sentido figurado, por favor. Que entre este tipo de gente fanática del género épico-fantástico y los juegos de rol siempre se encuentra algún chalado que se toma las cosas al pie de la letra y luego vienen los disgustos).
Este rechazo por la edición impresa de Juego de tronos (Canción de hielo y fuego se titula en papel) no se origina tanto por tener pendientes lecturas más interesantes, que también, como por la certeza de que vistos los episodios televisivos nada nuevo aportará el desmesurado relato, como no sea el conocer antes que nadie qué ocurrirá después. Pero esta satisfacción es limitada, porque de los siete libros que supuestamente componen la saga, sólo cinco están terminados. Así, puede darse el caso que, por enfermedad, fallecimiento o simplemente desidia del autor, la obra quede inacabada. Puede suceder, también, que debido al éxito, lo que en un principio iba a reducirse a siete, se extienda en el tiempo y el espacio en un número indeterminado de libros hasta agotar su popularidad. Incluso, que la serie, en un formidable sprint mercadotécnico, se le adelante (estas cosas pasan: el share es muy tiránico y el público, muy voluble, se cansa rápido). La satisfacción se reducirá, entonces, al mezquino placer de aguar durante un tiempo al amigo, compañero o vecino las sorpresas de los capítulos televisivos, pero no habrá manera de chafarle el final (que es para lo que se leen este tipo de sagas interminables). Mucho esfuerzo para tan escaso beneficio, la verdad. Dicen por ahí que la serie sigue fielmente el argumento original, aunque existen detalles que la diferencian de la novela. Bueno, pues que no cuenten con este bloguero para que busque tales diferencias entre cabezada y cabezada.
Uno tiene más que suficiente con la adaptación televisiva. No negaré sus méritos, pero, al contrario de lo que muchos le atribuyen, ni la fluidez, ni la originalidad se encuentran entre ellos.
Vale con que "Poniente" sea un continente ficticio, la época imaginaria y las estaciones duren una eternidad, pero si al inicio del primer capítulo se sobreimpresiona el epígrafe "Se acerca el invierno", si, en él, un personaje, arrebujándose en una gruesa capa de pieles, comenta "se acerca el invierno" y un segundo, escrutando el horizonte nevado, en otro momento advierte "se acerca el invierno", ¿cómo se entiende que alcancemos el final de la segunda temporada y el anunciado solsticio siga sin llegar? Por mucho que dure una situación, cuando aseguramos con un "se acerca" que otra diferente viene a reemplazarla, queremos indicar que el cambio, si no inminente, al menos estará próximo. Otra circunstancia nos dejaría en muy mal lugar. Fíjense, por ejemplo, en las doctrinas apocalípticas y su célebre "el fin del mundo se acerca". O las ganas de asesinar que le entrarían a cualquiera de nosotros si, pongo por caso, al volver de las vacaciones estivales, el compañero nos recibiera con el chiste: "tranquilo, que ya se acercan las Navidades". Y esta flema en los cambios climáticos al parecer resulta contagiosísima, pues, en ocasiones, afecta a las capacidades volitivas de los protagonistas, impidiéndoles la rápida consecución de cualquier acto. En alguno de los episodios, con tanto amago y tanta demora, el espectador podría tranquilamente dormirse a la mitad, que no se perdería nada. Juego de tronos padece de lo mismo que se le achaca a la Fórmula 1: con ver la salida y la llegada, basta. Eso sí, a veces las condiciones meteorológicas complican la carrera y la hacen más interesante... En realidad, y salvo contados momentos, sobraría con los diez últimos minutos de cada capítulo para hacerse una idea clara. En este lapso todo lo que tiene que suceder, sucede. Y es ahí donde siempre salta la sorpresa (una efectiva, aunque poco novedosa, forma de fidelizar a la audiencia para el próximo capítulo).
En cuanto a la tan cacareada originalidad del argumento, ¿qué entienden los críticos por este término? Quizás, al estar todo inventado, ésta radique en elaborar un refrito donde tenga cabida toda la variedad de estilos dentro del género de la fantasía épica. No falta de nada: caballeros artúricos, reinas incestuosas, incomprendidos bastardos, inocentes princesas, prudentes preceptores, niños metomentodos, codiciosos eunucos, rijosos consejeros, bondadosas prostitutas, bárbaros cimmerios, dragones en peligro de extinción, sacerdotisas teúrgicas… ¿Gigantes? Hum, quizá luego… Lobos, brujas, zombies, enanos con capacidad intelectual superior a la media y reyezuelos sin apenas actividad cerebral… Para remover la mezcla emplearemos desde resplandecientes ciudades en medio de la nada a ignotas regiones hiperbóreas, desde inexpugnables castillos y suntuosos palacios a inhóspitos muros fronterizos y paupérrimas aldeúchas. Espesemos el refrito con algo de Historia, ¿qué tal la Guerra de las Dos Rosas?, y por si esto no fuera suficiente, innovemos con su buen chorreón de sexo explícito de todo tipo. ¡Listo! ¡Buen provecho!
Que las huestes de seguidores de George R. R. Martin me corten la cabeza, la ensarten en una pica y se la muestren como trofeo a este guionista, coproductor de la serie y autor de la novela, pero, considerada la lentitud exasperante de la serie, me niego a leer una sola de sus páginas, lo recomiende la recién consagrada Matilde Asensi o el mismísimo sursuncorda.
(Hago aquí un inciso para indicar que lo dicho anteriormente sobre mi apéndice craneal se entienda en sentido figurado, por favor. Que entre este tipo de gente fanática del género épico-fantástico y los juegos de rol siempre se encuentra algún chalado que se toma las cosas al pie de la letra y luego vienen los disgustos).
Este rechazo por la edición impresa de Juego de tronos (Canción de hielo y fuego se titula en papel) no se origina tanto por tener pendientes lecturas más interesantes, que también, como por la certeza de que vistos los episodios televisivos nada nuevo aportará el desmesurado relato, como no sea el conocer antes que nadie qué ocurrirá después. Pero esta satisfacción es limitada, porque de los siete libros que supuestamente componen la saga, sólo cinco están terminados. Así, puede darse el caso que, por enfermedad, fallecimiento o simplemente desidia del autor, la obra quede inacabada. Puede suceder, también, que debido al éxito, lo que en un principio iba a reducirse a siete, se extienda en el tiempo y el espacio en un número indeterminado de libros hasta agotar su popularidad. Incluso, que la serie, en un formidable sprint mercadotécnico, se le adelante (estas cosas pasan: el share es muy tiránico y el público, muy voluble, se cansa rápido). La satisfacción se reducirá, entonces, al mezquino placer de aguar durante un tiempo al amigo, compañero o vecino las sorpresas de los capítulos televisivos, pero no habrá manera de chafarle el final (que es para lo que se leen este tipo de sagas interminables). Mucho esfuerzo para tan escaso beneficio, la verdad. Dicen por ahí que la serie sigue fielmente el argumento original, aunque existen detalles que la diferencian de la novela. Bueno, pues que no cuenten con este bloguero para que busque tales diferencias entre cabezada y cabezada.
Uno tiene más que suficiente con la adaptación televisiva. No negaré sus méritos, pero, al contrario de lo que muchos le atribuyen, ni la fluidez, ni la originalidad se encuentran entre ellos.
Vale con que "Poniente" sea un continente ficticio, la época imaginaria y las estaciones duren una eternidad, pero si al inicio del primer capítulo se sobreimpresiona el epígrafe "Se acerca el invierno", si, en él, un personaje, arrebujándose en una gruesa capa de pieles, comenta "se acerca el invierno" y un segundo, escrutando el horizonte nevado, en otro momento advierte "se acerca el invierno", ¿cómo se entiende que alcancemos el final de la segunda temporada y el anunciado solsticio siga sin llegar? Por mucho que dure una situación, cuando aseguramos con un "se acerca" que otra diferente viene a reemplazarla, queremos indicar que el cambio, si no inminente, al menos estará próximo. Otra circunstancia nos dejaría en muy mal lugar. Fíjense, por ejemplo, en las doctrinas apocalípticas y su célebre "el fin del mundo se acerca". O las ganas de asesinar que le entrarían a cualquiera de nosotros si, pongo por caso, al volver de las vacaciones estivales, el compañero nos recibiera con el chiste: "tranquilo, que ya se acercan las Navidades". Y esta flema en los cambios climáticos al parecer resulta contagiosísima, pues, en ocasiones, afecta a las capacidades volitivas de los protagonistas, impidiéndoles la rápida consecución de cualquier acto. En alguno de los episodios, con tanto amago y tanta demora, el espectador podría tranquilamente dormirse a la mitad, que no se perdería nada. Juego de tronos padece de lo mismo que se le achaca a la Fórmula 1: con ver la salida y la llegada, basta. Eso sí, a veces las condiciones meteorológicas complican la carrera y la hacen más interesante... En realidad, y salvo contados momentos, sobraría con los diez últimos minutos de cada capítulo para hacerse una idea clara. En este lapso todo lo que tiene que suceder, sucede. Y es ahí donde siempre salta la sorpresa (una efectiva, aunque poco novedosa, forma de fidelizar a la audiencia para el próximo capítulo).
En cuanto a la tan cacareada originalidad del argumento, ¿qué entienden los críticos por este término? Quizás, al estar todo inventado, ésta radique en elaborar un refrito donde tenga cabida toda la variedad de estilos dentro del género de la fantasía épica. No falta de nada: caballeros artúricos, reinas incestuosas, incomprendidos bastardos, inocentes princesas, prudentes preceptores, niños metomentodos, codiciosos eunucos, rijosos consejeros, bondadosas prostitutas, bárbaros cimmerios, dragones en peligro de extinción, sacerdotisas teúrgicas… ¿Gigantes? Hum, quizá luego… Lobos, brujas, zombies, enanos con capacidad intelectual superior a la media y reyezuelos sin apenas actividad cerebral… Para remover la mezcla emplearemos desde resplandecientes ciudades en medio de la nada a ignotas regiones hiperbóreas, desde inexpugnables castillos y suntuosos palacios a inhóspitos muros fronterizos y paupérrimas aldeúchas. Espesemos el refrito con algo de Historia, ¿qué tal la Guerra de las Dos Rosas?, y por si esto no fuera suficiente, innovemos con su buen chorreón de sexo explícito de todo tipo. ¡Listo! ¡Buen provecho!
Varios de estos críticos han ensalzado serie y novela a la categoría de obra maestra. No encuentran en ellas sino influencias de El señor de los anillos, de Los hechos del rey Arturo y, vagamente, de las disputas feudales en la Edad Media. Algunos, incluso, descubren indicios argumentales que lo enlazan con Yo, Claudio y las tragedias del mismísimo Shakespeare. Sí, hombre, ¿y qué más? Uno no sale de su asombro. ¿Pero dónde han encontrado coincidencias con el césar de Graves? ¿En las intrigas y crímenes políticos?, ¿en la astucia del emperador tartamudo? ¿Y en qué se basan para comparar con las tragedias del bardo universal? ¿En el giboso Ricardo III?, ¿en la arenga de Enrique V?, ¿en Falstaff? Que Dios conserve a estos analistas los restantes sentidos, porque lo que es la vista y el gusto… Éste que les escribe considera, sin embargo, más obvia la influencia de Conan, el bárbaro y el subgénero de "espada y brujería" que de Tolkien y advierte más paralelismos que los fonéticos entre las Casas de los Stark y los Lannister y las de York y Lancaster. Pero, claro, esto no es tan cool. Hace falta algo más que un cojín para que una silla se convierta en trono.

Sr.cocinero, no deja usted de tener razón, pero deje a la chusma que sea feliz viendo esta saga!!!
ResponderEliminarQue la gente engañe al estómago comiendo gato, si no encuentra otra cosa que llevarse a la boca. Pero seguirá siendo gato, por mucho que se lo vendan como liebre.
EliminarTiene razón el amigo Anónimo. Si es buen gato, gato comeremos gustosos.
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