lunes, 28 de noviembre de 2011

El porqué de “Barbacoa Literaria”

Al leer el título de este blog, habrá quien presuponga que en él va a encontrarse con el crítico feroz que, bote de gasolina en una mano y cerilla en la otra, se lanza a quemar el rimero de libros dispuesto sobre la simbólica parrilla de su cáustica y arbitraria valoración. Bien, pues no es así; o, al menos, no del todo. Este bloguero novato no niega que más de un autor –y más de un crítico– merecería tal ejecución, pero reconoce su incapacidad para desempeñar tan ardua, aunque a buen seguro gratificante, labor. La  falta de tiempo y, sobre todo, de oficio le lleva a tener que conformarse, eso sí, con realizar valoraciones arbitrarias de lo que le venga en gana, que para eso es su blog.
    
¿Entonces, por qué lo de “Barbacoa Literaria”? Tres son los elementos que justifican este rústico nombre y, al igual que las “tres R” de la ecología o las “cuatro P” del marketing, uno también hace uso de la inicial para denominar su razonamiento: las “tres C “; esto es, el cocinero, los comensales y la comida. Empezaremos por esta última: la comida.

A la hora de preparar una barbacoa, nadie decide reducirla a un único producto; nadie invita a los amigos a una parrillada elaborada exclusivamente de panceta, por mucho que guste entre los convidados, sino que busca en la variedad que todos queden satisfechos y, aunque predomine una determinada pieza sobre las demás, no se olvida de acompañarla de su choricito criollo, su morcillita, sus costillitas de cerdo…, hay alguno, incluso, que se atreve hasta con el pescado. Pues bien, esta barbacoa se hará de la misma forma: literatura, principalmente; pero por qué no su poquito de cine, su trocito de historia, su picante de crítica…

De los comensales se espera lo que todos procuramos al disponernos a  organizar una tarea semejante: que disfruten y sean benevolentes con el cocinero cuando se le pase la carne o la deje demasiado cruda. Y si llega el amigo de un amigo que se excede con las cervezas y comienza a provocar o, peor aún, a darle por la efusividad más melosa, saberlo tolerar y no empecinarse uno en ayudarle a asimilar la ingesta a base de patadas en el hígado.

El cocinero, por su parte, desea solamente dos cosas: una, que se tenga en cuenta que para una barbacoa no hay que diplomarse en  gastronomía; y dos, no ser siempre él quien cocine y que algún otro se anime con la espátula, las pinzas y el pincho, aunque sólo sea para voltear la panceta.