viernes, 22 de noviembre de 2013

Sobre el pasado que nos espera: la bohemia

Decía Camba, el inolvidable Julio Camba, que la bohemia...
–¿Quién?
Julio Camba... 
– (…)
Sí, hombre, sí... El célebre periodista y escritor gallego del siglo pasado, humorista...
–¡Puf, ni idea!
Está bien, no hay problema.

Decía Camba, el injustamente olvidado Julio Camba, que la bohemia era "un lujo de las sociedades ricas". Para el otrora famoso inquilino del hotel Palace, un artista se hacía bohemio "con el fin de llevar, en lo posible, una vida burguesa". Así, por ejemplo, todos aquellos que profesaban esta clase de existencia ayunaban no por falta de medios para su sustento, sino al contrario, porque de seguir unas pautas normales de alimentación "perderían el público del que disponen y se morirían de hambre". ¡Cuánta verdad encierra esta afirmación! Al ciudadano, en general, no le gusta que determinadas tipologías sociales se salgan de contexto. Le chirrían las neuronas del mismo modo que ante una mujer barbuda, un mendigo con móvil o un jefe comprensivo. En otros tiempos, el bohemio había de comportarse como tal. Daba igual que hubiera heredado una pequeña fortuna, a lo Hoyos y Vinent, o, como en el caso de Emilio Carrère, llevase una doble vida de funcionario acomodado por el día y bohemio prototípico con su capa, chambergo y chalina al caer la noche. A la hora de la representación ejecutaban su papel de forma convincente y con todas las consecuencias: trasnochando, bebiendo y putañeando. Bien es cierto que, en estos casos, obviaban una de las habilidades características de esta manera de vivir, la del sablazo; pero lo solventaban con el dispendio de su patrimonio en una desbocada carrera por perder peso en los bolsillos a cambio de ganarlo en el corazón de sus compañeros de letras, aunque fuera momentáneamente y durara lo que dura una borrachera.

Pero, en España, junto a estos escasos bohemios de vocación figuraba una inmensa mayoría de bohemios por necesidad. Y es por ello precisamente por lo que, según Camba, aquí nunca pudo darse el auténtico bohemio, el de verdad, porque éste "si se viste con andrajos, si come mal y si duerme poco, lo hace más por temperamento que por necesidad, y para cambiar de vida le bastaría sencillamente con sentar un poco la cabeza". Sin embargo, nuestros artistas no tenían tal alternativa, pues resulta imposible "ayunar voluntariamente en una tierra de ayunos obligatorios". Y añadía: "En París, el bohemio es un héroe. Aquí es un  pobre". Rafael Cansinos Assens, Eduardo Zamacois, Eliodoro Puche, Vidal y Planas, Dorio de Gádex, Armando Buscarini…, pocos de ellos lograron sacudirse la miseria. Pero incluso ahí hubo categorías. Se podía sobrellevar con la entereza de un Alejandro Sawa, sin vender su pluma, despreciando el dinero que a cambio pudieran ofrecerle o, por contra, paseando en una caja de cartón por los cafés y tabernas al hijo nacido muerto, para despertar la compasión y generosidad de los parroquianos, como afirman que hacía Pedro Luis de Gálvez. Ambos tenían talento, a ambos la suerte les fue adversa y ambos acabaron mal: el uno, loco y ciego; el otro, implicado en el asesinato de Muñoz Seca y fusilado. Pero mientras Sawa se convirtió, tras su muerte, en el bohemio por excelencia, en el Max Estrella inmortalizado por Valle-Inclán en su Luces de bohemia, Gálvez, por contra, sólo consiguió pasar a la posteridad envuelto en la más tenebrosa de las sombras y como protagonista de la primera de las novelas de Juan Manuel de Prada. Ustedes dirán si hay o no diferencia.

Alejandro Sawa y Pedro Luis de Gálvez


(Hago aquí un inciso para indicar que no es mi propósito menospreciar u ofender al señor de Prada ni a sus seguidores y vuelvo a apropiarme de una de las ocurrencias del señor Camba para hacer constar que "no ha escrito uno Las máscaras del héroe, cosa lamentable –el no haberla escrito, se entiende–, ni la ha cobrado, lo que también es bastante de lamentar").

Ahora bien, el señor Camba no llegó a ver cómo, con la llegada de la democracia, surgió una especie de bohemia dispuesta enteramente a serlo, no ya por imperativo, sino por puro gusto. La llamada "Movida madrileña" (que tuvo su equivalencia en Vigo, Barcelona y otras ciudades) trajo consigo un sinfín de nuevos artistas y "creadores" (algunos, buenos; la mayoría, mediocres) dispuestos a experimentar con nuevas técnicas y a pasarse por el forro las doctrinas académicas. Casi todos suplían la falta de conocimientos con un entusiasmo agotador...; perdón, quise decir inagotable. Otros, más instruidos, daban un enfoque inédito a lo establecido o introducían las tendencias vanguardistas de Europa o América. Era la época de los Ceesepe y de los Hortelano, en pintura, de los García-Alix y de las Ouka Leele, en fotografía, de los Novísimos –aunque algo anteriores–, en Literatura, y de los Muelle, en las paredes. Pero también era la época de la heroína y de los excesos. Las sobredosis, con sus víctimas, y la bonanza económica, con el aburguesamiento de los artistas, hizo estragos y pronto toda esa bohemia empezó a disminuir en número e intensidad hasta quedar reducida a unos cuantos fieles y a unos muchos fracasados. Claro está que aquellos que triunfaron siguen manteniendo hoy que, pese al piso de 250 metros cuadrados en el centro de Madrid o a la Harley importada de EE. UU., continúan siendo bohemios, al menos, en espíritu. Pues algo debe haber de cierto en lo de el espíritu, porque hay que ser muy "fantasma" para aparecérsenos con eso. ¡Señores, por favor, una urticaria sin prurito no es más que una roncha!

Lamentablemente a nuestra sociedad española, hoy por hoy, le falta un buen puñado de euros bien repartidos para considerarla una sociedad rica. La crisis, la fractura social, cada día más acusada, y los sueldos de "juguete" amenazan con convertirnos en bohemios; pero en bohemios como los de antes, los de finales del  XIX o principios del XX, en bohemios por necesidad. Como les ocurría a ellos, que deambulaban de redacción en redacción intentando ver publicado alguno de sus artículos, aunque fuera a precio de saldo, muchos profesionales están ya merodeando por las calles, con el cuchillo en la boca ante posibles competidores, en busca de un trabajo por horas mal pagado. La ley de la oferta y la demanda, nos dicen. Póngase en el lugar del empresario, ¿qué haría usted si le propusieran realizarle un trabajo a un coste menor del que se veía obligado a pagar hasta ese momento? ¡Pues qué quiere que le diga! Póngame en el lugar del empresario, que ya me ocuparé yo de ver lo que hago o dejo de hacer, pero no me mande a engrosar las filas de los "perro-flautas" porque ni tengo perro, ni sé tocar la flauta, ni, mucho menos, hacer malabares. Y como uno no tiene alma de héroe a lo Sawa, ¡a ver si lo que esperan es que se pasee por ahí con un niño dentro de una caja de cartón!

1 comentario:

  1. ¡Muy bueno lo tuyo! Sigue escribiendo, que lo haces muy bien. Te esperamos.

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