sábado, 24 de diciembre de 2011

Falta pan en el "Gran Hotel"

Hace apenas dos semanas, Antena3 emitía el último capítulo de "Gran Hotel", una serie que en esta su primera temporada ha alcanzado un rotundo éxito, tanto de crítica como de audiencia. Enmarcada en un  lujosísimo hotel a principios del siglo XX, cuenta las dificultades de un joven por encontrar a su hermana, desaparecida en extrañas circunstancias mientras trabajaba allí de sirvienta. Consigue entrar como camarero e inicia la búsqueda y, de paso, no se le ocurre nada mejor que enamorarse de una de las hijas de la propietaria. A grosso modo el argumento principal sería éste, pero la cosa se complica con la aparición de doncellas asesinadas, amores ilícitos, anuncios de matrimonios de conveniencia, madres de alquiler, conspiraciones por el poder entre los familiares de la dueña, la dirección, el servicio, los huéspedes, la gente de la aldea cercana... y, colmo de la originalidad, una misteriosa carta que, si se desvelase su contenido, pondría el hotel patas arriba. ¿Más aún?

Pero todo este argumento de folletín rosa entreverado de intrigas y asesinatos no justifica por sí solo tanta aceptación. Los productores, advirtiendo la acogida por parte de los espectadores de series británicas que sitúan la acción en el final de la época victoriana, han arriesgado sus buenos cuartos para ofrecer una obra de calidad de similares características: cuidada ambientación, elegante vestuario, excelente fotografía, actores de renombre junto a nuevas promesas y sobria dirección. "Hagamos una serie como Downton Abbey, pero a la española", se dijeron. Pero aquí ya les surgió el primer problema: ¿Cómo congeniar el final del Imperio Británico, sus grandes mansiones, su nobleza elegante y distinguida, sus solícitos y fieles mayordomos, su lugar en la Historia, con la grosera arrogancia de una nobleza caciquil, de rústicos caserones y criados analfabetos? Porque si a un guionista le encargaran recrear "Downton Abbey" al carácter hispano, lo más probable es que se acercase a un engrendro de "Los gozos y las sombras". "Bueno, podríamos situar la acción en un imaginario y palaciego hotel donde fuera a hospedarse la nobleza de ciudad, gente más ilustre y cosmopolita. Y los criados bien pueden comportarse como los británicos, ¿qué más da?". Seguro que se dieron casos de personal de servicio con ese empaque, pero no debía ser lo corriente. Con todo, aceptando esta posibilidad, ¿es necesario que los habitantes del pueblo parezcan sacados de "El hombre tranquilo" o de "La hija de Ryan"? Taberna irlandesa, veladas clandestinas de boxeo, chupitos de ron... Tampoco es cuestión de reivindicar la tasca con jarras de vino turbio, barriles que hacen las veces de mesas, suelo pegajoso cubierto de serrín, "tablao" flamenco y reyertas a navajazos; pero, hombre, algo un poco más acorde...

De esta falta de realidad histórica deriva la segunda objeción: al no haber nada que justifique este trasvase de singularidades,  lo british invade no sólo el "aspecto" general de la serie sino también toda su estructura. Así, encontramos en la subtrama de misterio una tipología de personajes muy de novela de "Agatha Christie". Por tener, tenemos hasta un asesino en serie al estilo "Jack, el Destripador". Algo que, por mucho que se pretenda, va más con la bruma londinense que con la niebla santanderina. Cuando a Televisión Española se le ocurrió realizar una producción de valía con los elementos del western, ubicándolos en Sierra Morena, surgió "Curro Jiménez". El bandolero sustituyó al cowboy y los invasores franceses, a los indios; pero no se le encasquetó al bandido un sombrero tejano ni se obligó a los gabachos a ponerse plumas y pinturas de guerra. La solución consistiría, simplemente, en no mover a los personajes de su entorno natural, en no empecinarse por aclimatarlos a condiciones que no son las suyas. "Pero eso le resta cercanía con el espectador", protestarán los mismos de antes. Quizá, pero de este modo pierde credibilidad y hondura. Series como "Arriba y abajo", "Retorno a Brideshead" o la misma "Downton Abbey" se sustentan sobre una base histórica, social, de costumbres que las hacen interesantes no sólo por lo que cuentan, también por lo que no cuentan, por su trasfondo.

"Pues con imaginarse el espectador que "Gran Hotel" transcurre en Inglaterra, asunto arreglado". Ciertamente, pero ahí radica el tercer inconveniente: no se acerca a la significación de "Downton Abbey" y mucho menos a la de las otras dos citadas. Se queda en mero entretenimiento, sin más. "Downton Abbey" narra las vicisitudes de una familia de clase alta y de su servidumbre, pero también trata sobre el final de una época, de la ruptura de su mundo por la Gran Guerra, del nacimiento de la conciencia social... ¿De qué habla "Gran Hotel" aparte de una dichosa carta en un sobre rojo que lo resolverá todo? Y, ya puestos, si hay personas que quieren ocultarla a toda costa, ¿a qué esperan para cambiarla a una envoltura menos chillona?

¿Por qué, entonces, en "Gran Hotel" se ha cuidado tanto determinados aspectos, sobre todo de forma, y tan poco otros? La respuesta es sencilla: al público, en general, le trae sin cuidado si una serie (o novela, o película) adolece de falta de criterio. Mientras divierta y esté "bien hecha", más que suficiente. Da igual que recree una España de principios del XX "britanizada", da igual que la trama resulte previsible en numerosas ocasiones y plana, que se repitan hasta la saciedad los hechos principales para que ningún televidente se despiste y la abandone, que presente personajes con el calado de un charco en plena sequía y razonamientos del perro de Pavlov, y que, para colmo, el canal de televisión ayude al mantenimiento del supense a base de técnicas tan elaboradas como "6 minutos y volvemos"… da igual, mientras esté "bien hecha" y divierta.

Uno llega cansado del trabajo; besa a su mujer, que lleva un buen rato bregando con los niños, y te recuerda que ella también trabaja; cenan, acuestan a los hijos, los arropan, les dan un beso de buenas noches, se sientan delante de la televisión, ¡mamá, agua!, se la llevan, los arropan, les dan un beso de buenas noches, apagan la luz, se sientan de nuevo delante del televisor,  ¡papá, pis!, ¿vas tú o voy yo?, te ha llamado a ti, te levantas, le llevas al baño, le vuelves a llevar a la cama, te sientas de nuevo delante del televisor, ¿qué vemos?, no sé, pero algo que no me haga pensar.

–Falta pan para ofrecer a los clientes, señor. ¿Qué hacemos?
–¡Bah!, son poco exigentes: sírvanles tortas.

1 comentario:

  1. Está muy bien! Pero como sigas escribiendo tochos como éste, se te quema la panceta...

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